sábado, 23 de noviembre de 2013

La Balada de la Carne Muerta - Quinta Actualización


Una nueva entrega de este terrible concurso. ¡Espero que os esté gustando!


3

Cuando llegaron a las escuelas, Abdel y Laura estaban arrastrando un colchón sucio e intentando hacerlo pasar por el umbral de la entrada. Los dos muchachos preguntaron qué tal había ido y, mientras Pablo narraba todo lo ocurrido, incluido el destierro de Gabriel, Arturo y Salvador aparecieron por el pasillo para escuchar. Ellos también debían haber estado trabajando, o al menos Arturo, que se había quitado el gorro de lana y ahora colgaba del bolsillo trasero de su pantalón, mostrando una frente perlada de sudor.
-Menudo gilipollas – musitó Laura -. ¿Quién se cree que es para convertirse en líder? ¿Por qué nadie se ha enfrentado a él?
-Ha sabido jugar sus cartas -contestó Arkaitz -. El primero que le plantó cara fue Gabriel y ahora se ha quedado solo. La mayor parte de la gente aún no se conoce, y cuando no tienes amigos es mejor no buscarse enemigos – suspiró -. ¿Os ayudo con ese colchón?
Estuvieron trabajando durante un par de horas, preparando algo parecido a habitaciones en lo que antes habían sido aulas. Arrastraban los pupitres a los pasillos y trajeron colchones de las casas cercanas. Pablo acabó empapado de sudor, con la camiseta pegada al cuerpo y, mientras ayudaba a Arturo a empujar la mesa de un profesor para hacer algo de espacio, le hizo un gesto con la mano para que parase y se apoyó en la pared, jadeando.
-Estoy agotado – musitó.
-Es mejor cansarnos un poco y tener un refugio en condiciones que pasar la noche sobre el duro suelo o a la intemperie – contestó Arturo. Él no se detuvo, sino que siguió haciendo el trabajo de los dos mientras Pablo observaba.
-Se supone que hacer tanto ejercicio abre el apetito.
-Da igual el hambre que tengas, eso sólo será una molestia cada vez más acuciante; lo importante es lo que tu cuerpo pueda aguantar. Pero no voy a engañarte, después de todo este ajetreo no me importaría sentarme en el porche y comerme un buen bocadillo de jamón.
Al final, crearon algo parecido a dos habitaciones, situadas en las aulas del final del pasillo. Una con cuatro colchones y otra con tres. También se dedicaron a rebuscar en las taquillas y Arkaitz utilizó una palanca para abrir las que estaban cerradas. Encontraron un par de linternas; una no funcionaba, la otra sólo daba luz si la golpeabas cuando amenazaba con apagarse. También hallaron un montón de bolígrafos, un triángulo de música, mochilas raídas y un oso de peluche decapitado.
-¿Qué le ocurrió a esta isla? - preguntó Salvador, y un aroma a marihuana brotó de entre sus labios -. ¿Por qué la abandonaron?
-Quizá la han construido así para que parezca abandonada – contestó Laura. Se habían reunido todos en el corredor y estaban sentados en los pupitres que habían sacado de las aulas. Arkaitz jugaba distraído con el peluche descabezado -. Todo forma parte del espectáculo, ¿no?
-Leí sobre este lugar – intervino Pablo -. Era un pueblo costero que quedó deshabitado hará como medio siglo como tantas otras aldeas similares. La vida en las ciudades y los grandes barcos de pesca quitaron todo el sentido a vivir aquí; los jóvenes se fueron marchando y los ancianos muriendo, y al final no quedó nadie.
-Ya, pero esta no es una isla “como tantas otras” - intervino Abdel, con su marcado acento -. He leído que los organizadores del programa nunca eligen escenarios al azar. Les gusta que tengan cierto aire siniestro. ¿No fue la primera edición en el sanatorio de Agramonte?
-¿Qué es el sanatorio de Agramonte? - preguntó Verónica.
-Un sanatorio para tuberculosos abandonado en plena montaña – fue Pablo quien contestó. Conocía la historia de aquel edificio a la perfección ya que había escrito sobre él en uno de sus relatos cortos -. Un lugar horrible, que durante años sirvió de punto de encuentro para aficionados a lo paranormal. Se decía que los fantasmas de los enfermos seguían vagando por sus pasillos. Los organizadores del concurso compraron el edificio y, como ha dicho Abdel, lo utilizaron para la primera edición.
-Y la séptima fue en ese edificio de Madrid que ardió hará cinco años – comento Arkaitz -. En ese incendio murieron cincuenta personas. A los chicos de Ray les van los lugares marcados por la muerte.
Laura cambió de posición, algo incómoda, y les dedicó una sonrisa nerviosa al resto de los compañeros.
-¿De verdad tenemos que hablar de esto? Sólo nos falta una hoguera entre nosotros y que sea un poco más tarde para que parezcamos los típicos boy scouts contando historias de miedo.
-Fiesta – musitó Arturo.
-¿Qué pasó en esta isla? - insistió Salvador. Sus ojos, de normal abstraídos, estaban clavados con inusitado interés en Pablo. Y el muchacho, que llevaba toda su vida contando historias, no podía dejar pasar una oportunidad como esa.
-No tiene una historia con fantasmas o miles de muertos, aunque sí un pasado bastante macabro – se inclinó hacia sus compañeros y por un momento pensó en utilizar una linterna para crear un baile de luces y sombras en su rostro. Descartó la idea; no estaba ante un grupo de críos -. Leí que fue en los años treinta, o quizá antes. El tipo rico que vivía en el pueblo, el propietario de la mansión donde se ha instalado Batanero, era un auténtico cacique, pero todos sus vecinos le respetaban. Ayudaba a sus amigos y nunca utilizaba su autoridad injustamente. Sin embargo, el cabrón tenía sus secretos. Encontraron un zulo, que visitaba a diario; ahí tenía encerrados a un montón de muchachos que habían desaparecido, tanto en esta isla como en otras aldeas costeras cercanas, durante los últimos veinte años. Chicos y chicas, al menos una docena; los capturaba de críos y se los cargaba cuando llegaban a la adolescencia. Por lo que contó una de las víctimas rescatadas, ahí dentro debieron estar hacinados medio centenar de chavales...
-Joder.
-Era un auténtico campo de concentración. Los tenía encadenados a la pared, con grilletes, apenas los alimentaba – hizo una mueca al pronunciar estas palabras -, y, por supuesto, los utilizaba como juguetes sexuales. Él dijo que eran sus fantasías ocultas. Ni siquiera llegó a haber un juicio; cuando los vecinos lo descubrieron, fueron a buscarle a su casa, lo arrastraron a la plaza, junto al pozo, y lo molieron a palos hasta matarlo. Muchos de ellos eran familiares de las víctimas, así que no tuvieron piedad, y lo entiendo.
-¡Y ahora el fantasma de ese hombre vaga entre nosotros! - exclamó Abdel, lanzando sus manos contra Laura. La chica chilló y se puso en pie de un salto, como activada por un resorte, y todos se echaron a reír. Laura hizo un mohín, ofendida.
-Podéis iros a la mierda. ¿Dónde está ese zulo? Lo digo por no acercarme jamás.
-No tengo ni idea. Supongo que debajo de su mansión, pero tampoco he profundizado demasiado en la historia. La cuestión es que los organizadores tienen cierta predilección por los escenarios marcados por la muerte, y por eso nos han traído a esta isla y no a cualquier otra.
-Genial – dijo Laura, volviendo a sentarse -. Y ahora, si no es mucha molestia, ¿podemos hablar de cualquier otra cosa?
Lo intentaron y, aunque la conversación se animó, no duró mucho más. Durante un instante incluso llegaron a olvidar el terrible concurso donde se encontraban, hasta que, de pronto, las tripas de uno de ellos rugieron como una bestia exigiendo su cena. Se hizo un silencio atroz y de pronto ninguno de ellos parecía capaz de mirar al resto. Por unos minutos habían logrado crear algo, establecer ciertos lazos, sentirse unidos los unos a los otros sin pensar en las cámaras ocultas que vigilaban cada uno de sus pasos y del siniestro destino que pendía sobre sus cabezas. Y quizá eso había sido lo peor, que habían olvidado la realidad. Pablo, con un estremecimiento, recordó las palabras de Arturo: Es una putada hacer amigos aquí. Seguramente muchos mueran antes de que acabe el concurso. Alzó ligeramente la cabeza hacia sus compañeros y se preguntó si alguno de ellos moriría a lo largo de esos seis meses. Le parecía imposible, porque él los había conocido. No eran personajes secundarios de una película que pudieran caer como moscas, sino la gente con la que él había hablado. Apreciaba a Arkaitz, estaba seguro de que con el tiempo incluso podría considerarlo un buen amigo; los ojos de Laura le tenían hipnotizado y era divertida a su manera, por no hablar de Abdel y Salvador, que conseguían arrancarle más de una carcajada. Arturo y Verónica, aunque más reservados, también le provocaban cierto cariño. Ninguno de ellos podía morir. La muerte era para los demás. Ellos estaban a salvo, porque esas cosas siempre les ocurren a otros.
-Me apetece fumar uno de tus cigarrillos – dijo Arkaitz, mirando a Pablo. Sus palabras sonaron huecas en medio de aquel silencio -. ¿Me acompañas fuera?
-Sí, claro.
Mientras recorrían el pasillo, hacia la entrada, las conversaciones se retomaron muy despacio, como si todos tuvieran miedo de pronunciar una palabra equivocada. Arkaitz y Pablo se sentaron en los escalones, arrullados por la fresca brisa que llegaba desde el bosque. Era extraño no escuchar ningún pájaro. El cielo estaba teñido de sangre mientras el sol se ocultaba y las escasas nubes parecían tan artificiales como los árboles, gruesos jirones enrojecidos que flotaban sobre sus cabezas. Faltaba poco para que anocheciera y Pablo lamentó su mala costumbre de no llevar nunca un reloj consigo. Pero, al fin y al cabo, ¿qué importaba la hora? Era mejor no saber cuanto faltaba para la cena.
Le pasó un cigarro a Arkaitz, se encendió el suyo y le entregó el mechero. Arkaitz inhaló el humo y tosió, expulsándolo en una retorcida bocanada.
-Joder, esta mierda nunca llegará a gustarme.
-Tienes tiempo de sobra para cogerle el gusto.
-El tabaco también se acaba.
-Oh, no, tengo la mochila llena de paquetes.
Arkaitz le miró, divertido.
-¿Hablas en serio?
-Joder, claro que sí. Ya vamos a tener bastante con el hambre como para que encima tenga que soportar el mono por la falta de tabaco. Me encanta fumar. Para un vicio del que podré disfrutar en esta isla, no voy a quitármelo.
Arkaitz volvió a darle una calada al cigarro y esta vez más que toser carraspeó. La siguiente ya consiguió aspirar el humo sin emitir ruidos raros.
-¿Nadie intentó detenerte, Pablo?
-¿Qué?
-Cuando te presentaste al casting, o cuando te llegó la carta de confirmación. ¿Nadie intentó convencerte de que aprovecharas el plazo de dimisión? ¿De que te olvidaras de toda esta locura y te quedaras en casa viendo como mueren otros por la tele?
-Claro que sí. Mi madre hizo todo lo posible para que renunciara, incluso amenazó con tomar medidas legales, pero claro, no existen medidas legales para evitar que alguien participe en este juego. Y si quieres que te diga la verdad, desde que me llegó la carta he estado acojonado. Una parte de mí quería renunciar, pero Ray y los suyos son jodidamente listos y te hipnotizan con sus entrevistas, reportajes, con las fiestas organizadas en tu honor. Y ves a toda esa gente que te apoya, que apuesta por ti, que te saluda por la calle y piensas... ¿cómo diablos voy a echarme atrás ahora? ¿Cómo voy a hacer el ridículo delante de todas estas personas que confían en mí? Y vas dejando pasar los días y al final estás en ese puñetero plató, frente a Spakowski, y ya es demasiado tarde para retirarte.
-¿Y tu padre? ¿Tu padre no dijo nada?
-Mi padre lleva mucho tiempo sin decir nada. Murió cuando yo tenía cinco años.
-Lo siento.
-Ah, ¿es que fuiste tú el culpable?
Ambos rieron y de nuevo se hizo el silencio. Fumaron, escuchando el crepitar del papel del tabaco al quemarse.
-¿Por qué te presentaste al casting? - preguntó Pablo.
-Por el dinero – Arkaitz contestó sin tapujos -. El premio es más dinero del que cualquier persona pueda soñar, y una vida sin complicaciones hasta el mismo día de tu muerte. Mi familia necesita ese dinero. Mi padre está en paro y el trabajo de mi madre apenas alcanza para comer a diario; una vez les escuché discutir. Mi padre decía que mi hermana nunca tendría que haber nacido, que era una boca más que alimentar y que no podían permitírselo. Consideraban a mi hermana un problema. Y no podía permitirlo, así que me presenté al casting para que mi familia nunca más tuviera que pasar hambre, lo cual resulta un poco irónico...
-Pero si mueres...
-Si muero, tendrán una boca menos que alimentar y además recibirán el dinero que entregan a las familias de los concursantes sólo por participar. Eso aliviará su situación durante una buena temporada. Y, de cualquier modo, no tengo ninguna intención de morirme, Pablo.
Pablo fue a decir algo, pero Arkaitz le hizo un gesto para que guardara silencio y luego movió la cabeza hacia el bosque. Pablo miró en esa dirección y en un principio no vio nada, hasta que descubrió a una figura moviéndose entre los árboles. La reconoció a pesar de la creciente oscuridad. Era Gabriel Abellán, el desdichado Concursante Número Uno, tropezando con las retorcidas raíces y con la mochila colgando a su espalda. Su corto cabello rubio resplandecía bajo los últimos rayos de sol. Gabriel se detuvo y volvió la cabeza hacia ellos y sus ojos le recordaron a Pablo a los de un animal sorprendido por los faros de un coche en la carretera. Estaba muerto de miedo. El futuro escritor empezó a alzar una mano para saludarlo, preguntándose si sería una buena idea acoger al enemigo acérrimo de Miguel Batanero, pero el muchacho se escabulló en el bosque antes de que pudiera llamarlo.
-No durará mucho – sentenció Arkaitz.
-Iba a llamarlo. Podría haberse unido a nosotros, podría...
-Es mejor que no – Arkaitz arrojó su colilla al suelo y la aplastó con la suela del zapato -. Está muerto de miedo y el miedo vuelve peligrosa a la gente. Ese tío pensaba que iba a ser una especie de cabecilla y todos le han dado la espalda. Ni siquiera puede acercarse al puñetero pozo si anda Batanero cerca, así que debe estar acojonado, debe desconfiar de todo el mundo y creo que sabe que puede convertirse en una víctima antes de lo que las apuestas indicaban. Lo más seguro es que, antes o después, se dedique a matar aleatoriamente para terminar con su calvario lo más pronto posible...
-¿Cómo puedes hablar con esa frialdad?
-Digo las cosas como son. ¿Piensas que me equivoco?
Pablo tragó saliva.
-No.
-No todos van a ser como Abdel o Laura, Pablo. Hay gente que está dispuesta a matar con tal de conseguir la victoria, siempre hay unos cuantos de ese tipo en cada edición. Y, para colmo, Gabriel está desesperado. Ahora sabe donde estamos, así que será mejor que avisemos al resto, busquemos algo con lo que defendernos y esta noche, y todas las noches a partir de ahora, hagamos turnos de guardia. Sólo por si acaso.
-No tienes mucha fe en la humanidad, ¿verdad?
-No. Por eso participo en este concurso.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Balada de la Carne Muerta - Cuarta Actualización



Y vamos con la cuarta actualización. Espero que la disfrutéis ^^


2

-¿Qué le dijiste a tu hermana? - preguntó Pablo.
-¿Qué? - contestó Arkaitz, volviéndose hacia él.
Verónica caminaba al lado de los dos muchachos, sin decir nada, pensando en la conversación que habían mantenido en la cafetería. Seis meses de concurso. Lo máximo que un ser humano puede sobrevivir sin comer son sesenta días. ¿Por qué ese dato le preocupaba tanto si ya lo conocía antes de entrar en el concurso? ¿Realmente había pensado alguna vez que todo eso era un montaje, que en realidad nadie moría? Claro que no. Entonces, ¿por qué diablos se había metido en esa locura?
-Te vi con tu familia, antes de entrar en el plató. Te agachaste y le dijiste algo a tu hermana pequeña.
-¿Y no has pensado que si se lo dije a mi hermana pequeña y no a ti será por algo?
-Tenía curiosidad. Soy escritor, tengo derecho a ser curioso.
-¿Mi respuesta formará parte de tu novela?
-Por supuesto. Y convertiré a tu personaje en un chico carismático y atractivo del que todas las lectoras se enamoren. ¿Quieres ser también un vampiro seductor que brille a la luz del sol y diga moñadas trascendentales?
Arkaitz rió y siguieron caminando hacia la mansión donde se reunirían los concursantes. Verónica estaba segura de que no contestaría jamás pero, para su sorpresa, lo hizo:
-Le prometí que no mataría a nadie. Y no voy a hacerlo. No pienso arrebatar la vida de otro concursante porque mi hermana estará viendo la televisión día y noche para asegurarse de que estoy bien. También le prometí que sobreviviría. Pienso cumplir ambas cosas.
Silencio. A lo lejos se veían las casas del pueblo y, por encima de todas ellas, una gruesa vivienda de piedra, con el tejado algo descolorido, que parecía una roca viva acechante, observando a los concursantes a través de sus ventanas polvorientas.
-¿Y tú, Pablo? ¿Vas a matar a alguien?
-¿Tengo pinta de ser un asesino?
-Nadie tiene pinta de serlo. Eso es lo que hace todo este juego mucho más aterrador.
Miguel Batanero estaba en los escalones de entrada a la mansión y, frente a él, cerca del pozo, su única fuente de agua potable, o en los porches de las casas que rodeaban la plaza, había otros catorce concursantes. Verónica se fijó en un niño que estaba sentado en el borde del pozo y que se pasaba una pequeña pelota de una mano a otra. Era el concursante más joven de esa edición y parecía mucho más pequeño de lo ya de por sí era. Sus grandes ojos miraban a todas partes, no como los de un animal asustado, sino como los de alguien que intenta entender a todos los que le rodean. Vio a una chica con los brazos llenos de tatuajes apoyada en una pared y estudiando a Miguel Batanero mientras el futuro líder intercambiaba unas palabras en voz baja con un tipo flacucho, con una sombra azulada de barba y el pelo largo y grasiento. Era el concursante Número Quince, Víctor Varela. Tenía los ojos hundidos y una sonrisa extraña. Asintió con la cabeza y se apartó para hablar con otro joven.
-Por lo visto, las chicas del faro han enviado a una representante – dijo Pablo, señalando a Sandra Palau. La impresionante rubia estaba de pie y miraba incómoda a un lado y a otro, como si estuviera segura de que, en cualquier momento, todas las miradas se iban a posar en las curvas de su cuerpo. Había otra chica un poco apartada que llamó la atención de Verónica, aunque ya se había fijado antes en ella. La Número Seis, Sofía Ferrant, una joven bajita y regordeta, de cara redonda y gafas de culo de vaso, que tenía la piel de la cara marcada por el acné. La mayoría de la gente que participaba en el concurso era extremadamente delgada, quizá para evitar que el resto los viera como una fuente de alimento. Verónica se estremeció. Se preguntó si alguno de los ahí presentes estaría pensando cosas horribles sobre el futuro de Sofía y la mera idea le produjo una nausea.
-¡Escuchadme! - Miguel Batanero dio una palmada que acalló la mayoría de las conversaciones. Unos cuantos rostros se volvieron hacia él. Víctor Valera lo miraba con una admiración que rayaba el amor; seguramente esperaba convertirse en su protegido -. Habéis hecho bien en venir, aunque por lo que veo, no todo el mundo ha acudido a mi cita. Esas son las primeras personas con las que tendremos que tener cuidado. La gente que vive sola, como salvajes, acaban cometiendo salvajadas. Pero lo importante es que vosotros habéis venido y... - paseó la mirada por los asistentes y entonces se detuvo. Ladeó la cabeza, señaló a uno de los muchachos y dijo -. ¿Tú qué haces aquí?
Hubo un murmullo de curiosidad y la gente se apartó, dejando a la vista a Gabriel Abellán, el Concursante Número Uno, que estaba sentado en uno de los porches. Éste, inquieto, se puso en pie y miró a quienes le rodeaban antes de enfrentarse a los ojos afilados de Batanero. Aún tenía un poco de sangre seca sobre el labio superior.
-Dijiste que querías que todos nos reuniéramos y...
-...y tú preguntaste que quién me había nombrado líder a mí – contestó Miguel, dando un paso al frente -. ¿Y ahora vienes como un perro apaleado a buscar nuevos amigos? No tengo nada que decirte. Ya no estamos en el barco, esto es la selva, y me niego a compartir mi tiempo con un niñato que quiere ser el protagonista.
-¡Sólo soy un concursante más! ¡Tengo derecho a...!
Miguel se agachó y recogió una piedra del suelo. Verónica se cubrió la boca con la mano y miró aterrorizada a Pablo y Arkaitz, que sólo observaban con atención lo que estaba a punto de ocurrir.
-¿A qué tienes derecho, Gabriel? ¿A hacernos perder a todos el tiempo? Yo estoy aquí, y no quiero que tú estés. Así que márchate o échame como buenamente puedas, futbolista.
Gabriel abrió la boca para decir algo, volvió a cerrarla y se volvió hacia el resto.
-¿En serio vais a seguir a este psicópata? ¿Es que habéis perdido la cabeza? ¡Está completamente loco! ¿Es que nadie va a decírselo? ¡Vamos, por el amor de Dios! ¡Os matará a todos! ¡Os...!
-Tienes cinco segundos para marcharte – Miguel movió la piedra, como para calcular su peso -, o te abro la cabeza aquí mismo y tendremos el problema de la comida solucionado para las próximas semanas.
-Estás como una puta cabra.
-Pues enfréntate a mí.
-No voy a convertirme en parte de tu espectáculo. Me largo. Y os recomiendo que los demás hagáis lo mismo – los miró, suplicante, pero la mayoría bajaron la cabeza o directamente fingieron prestar atención a otra cosa. Incluso Verónica desvió la mirada cuando los ojos anhelantes de Gabriel se fijaron en ella -. ¿En serio? ¿En serio? Maldita sea. Maldita sea, joder, yo no he entrado aquí para esto.
Se dio la vuelta, trastabilló con sus propios pies y estuvo a punto de caer al suelo. La gente se apartó para dejarlo pasar y el muchacho se marchó, murmurando por lo bajo, hacia los bosques cercanos. Había perdido toda la bravuconería de la que había hecho gala durante la entrevista.
-Muy bien – Miguel soltó la piedra y esta levantó una nube de polvo al caer junto a sus pies -. Si a alguien no le gusta como pretendo llevar las cosas en este lugar, que siga los pasos de ese fracasado.
Nadie se movió.
-Perfecto. Como sabéis, la única fuente de agua potable es este pozo de aquí, lo que va a obligarnos a vernos las caras cada día. Incluso aquellos que quieren ir por libre acabarán arrastrándose hasta este lugar cuando la sed empiece a afectarles. Así que, nos guste o no, tenemos que formar algo parecido a una sociedad, y una sociedad exige normas.
>>La más simple es que nadie puede ir matando por ahí alegremente. Eso convertiría el juego en una carnicería donde nadie estaría a salvo. Pero dentro de poco el hambre empezará a ser un problema y no hay que ser muy avispados para determinar qué es lo único que podemos comer. Propongo esperar, al menos una semana, antes de tomar una decisión tan importante. Quizá tengamos suerte y en ese tiempo alguien enferme o se suicide o sufra un accidente, entonces no tendremos que tomar medidas extremas. Pero si dentro de una semana no tenemos esa suerte, necesitaremos recuperar fuerzas. Propongo que nos reunamos en este mismo pozo y votemos. Una votación en secreto. Cada cual elegirá a la persona que crea que debe morir para que el resto sobrevivan y quien mas votos reciba tendrá un pasaporte a nuestros estómagos.
Exclamaciones de asombro, algún murmullo ahogado.
-¿Sois gilipollas o qué? O lo hacemos de manera organizada o cualquiera podrá convertirse en la presa de otro cuando menos se lo espere. Intentaremos mantener ese cuerpo en condiciones apropiadas hasta que se acabe la comida y, una vez ocurra eso, esperaremos unos días antes de hacer una nueva votación. De esta manera podremos sobrevivir en perfectas condiciones el máximo tiempo posible.
-¿Y qué pasa si alguien se escaquea de la votación? - preguntó Víctor Valera. Tenía un tono de voz desagradable.
-Si encontramos a alguien que se escaquea de la votación, lo capturamos, lo encerramos y lo convertimos en nuestro festín especial. Esta es la principal ley por la que podemos regir nuestra existencia en este programa y, si alguien la rompe, automáticamente será considerado un enemigo – miró a Sandra Palau con un matiz lujurioso en sus ojos -. Ya puedes decirle a tus amigas que, por mucho que les guste el faro, deberían acudir aquí la próxima semana si no quieren que nos hagamos sopa de niñas.
Ella asintió con la cabeza. Tampoco parecía muy asustada.
-Perfecto. Por otro lado, no me importa donde os instaléis. Yo ya he elegido mi habitación, en esta casa – señaló con el pulgar la mansión -, y si alguien cree que se la merece más, sólo tiene que discutirlo conmigo. No me importa si os vais al faro con las crías, a las casas del noroeste o a la otra puta punta de la isla, mientras dentro de una semana estéis aquí para llevar a cabo las votaciones. ¡Ah! Y si alguien mata, se hará justicia. No somos salvajes. ¿Alguna pregunta?
Nadie tenía preguntas, así que Miguel Batanero entró en la casa, seguido de su nuevo perrito faldero, Víctor Valera, y el resto se disgregó o se unió en pequeños grupos. Verónica vio que Pablo se acercaba a hablar con una chica rubia, alta y flaca, que tenía los ojos azules enmarcados en sombra negra.
-¿Qué te ha parecido? - le preguntó él.
-Creo que está completamente loco y que conseguirá que nos maten a todos. Quizá las cuevas no sean una mala opción, después de todo...
-¿Seguro que no quieres venir a las escuelas?
-Es tentador, pero no. Ya nos veremos mañana en el pozo. Me buscaré mi propio refugio y descansaré ahí – sonrió -. Soy mejor llevando sola mis problemas.
-¿Quién era? - preguntó Arkaitz cuando la chica se marchó rumbo al norte de la isla.
-Yo creo que es una especie de musa o de aparición que viene y va – contestó Pablo, como ensimismado -. Es Marina Ros, la Número Doce.
-No está nada mal. Bueno, por lo menos no hemos tenido problema con el tema de instalarnos en las escuelas...
-Yo creo que seré incapaz de votar – susurró Verónica.
-Cualquiera lo sería ahora – dijo Arkaitz -. Pero Batanero es más listo de lo que parece. Quiere esperar una semana, cuando todos empecemos a estar tan desesperados que seríamos capaces de vender a nuestro mejor amigo con tal de llevarnos algo a la boca. Aunque me extraña, su decisión no es, precisamente, un espectáculo para la audiencia, como prometió que haría. Quizá no esté siendo del todo sincero.
-¿A qué te refieres?
-No lo sé. Todavía no lo sé – carraspeó -. Será mejor que volvamos con estos.
Iniciaron el camino de regreso, de nuevo sin nada que decir. De pronto, Pablo se llevó una mano al vientre y se lo masajeó con cuidado.
-¿Qué te pasa? - preguntó Arkaitz.
-Nada. Que me gruñe el estómago.

martes, 19 de noviembre de 2013

La Balada de la Carne Muerta - Tercera Actualización



Espero que os esté gustando ^^ Si tenéis algún comentario no dudéis en dejarlo, estaré encantado de corregir errores, debatir posturas y compartir teorías sobre los posibles ganadores. ¡Recordad leer las actualizaciones anteriores!

II
Torre de foie micuit con frutos rojos

1

-¿Pero qué cojones? - Pablo se detuvo en seco y su compañera, Marina Ros, se volvió hacia él sobresaltada, como si temiera que fuera hacer alguna locura. Y realmente Pablo estuvo seguro de que había perdido la cabeza porque, a un lado del camino, emergiendo de la vasta llanura de tierra, se alzaba un manzano. Un manzano de tronco grueso, frondosa copa y lustrosas manzanas rojas colgando de sus ramas como fruta de pecado.
-¿Comida? ¿Un regalo de bienvenida? - preguntó Marina.
-Entonces nos habrían dejado comer en el barco – Pablo dio un paso hacia el manzano y sus zapatos abandonaron el sendero y se introdujeron en la tierra seca. Había árboles más allá. Un bosque de troncos y ramas retorcidas sin hojas, reconstruido mediante plástico, que ofrecía un aspecto tan artificial como enrarecido. Sin embargo ese manzano parecía tan real... -. Además, todo el mundo ha pasado por delante de este árbol, y nosotros somos de los últimos. ¿Por qué quedan manzanas?
La figura de Marina apareció a su lado. Alzó la cabeza hacia la fruta, levantando su nariz respingona, y sus ojos azules contemplaron con atención. Finalmente extendió el brazo, cogió una y la mordió. Pablo supo lo que iba a decir antes de que lo hiciera.
-Son falsas. Obviamente – la arrojó a un lado y rodó hasta el sendero.
-Sabía que cambiaban los bosques por árboles falsos, pero dejar un manzano tan... tan bien hecho aquí en medio, es un poco de mal gusto, ¿no te parece?
-Están jugando con nosotros – contestó Marina -. Siempre lo hacen. He oído que la decoración siempre tiene que ver con comida. Cuadros de frutas, platos de comida que en realidad está hecha de papel o de plástico... merman nuestra esperanza y seguro que arrancan alguna carcajada a los espectadores.
-Menuda putada – reanudaron la marcha por el sendero -. Por cierto, me llamo Pablo.
-Yo soy Marina. ¿Vas a reunirte con Miguel Batanero?
-Bueno... - empezó, dubitativo -. La verdad es que no me genera mucha confianza. Unos amigos y yo vamos a quedar en las escuelas y, una vez ahí, decidiremos qué hacer.
Marina lo miró, divertida. Pablo sintió que podía quedarse atrapado para siempre en esos ojos celestes y gigantescos.
-¿Amigos?
-Sí. Arkaitz, Abdel, Laura... no sé si te sonarán, pero...
-He intentado no saber mucho de los demás. Sólo espero que sigan siendo tus amigos cuando el hambre empiece apretar.
-Oh... - Pablo se mordió el labio inferior, sin saber muy bien qué decir -. Si quieres, puedes venirte con nosotros. Puedes...
-Prefiero ir por libre. Me acercaré a ver qué tiene que decir ese vigoréxico y luego intentaré mantenerme todo lo apartada posible del resto de la gente. Si acaban volviéndose locos, mejor que se maten entre sí y que no se acuerden ni siquiera de que existo.
-En ese caso, quizá las cuevas sean un buen lugar.
Marina emitió una breve carcajada.
-Tampoco quiero acabar convertida en una ermitaña chiflada – señaló un punto por delante de ellos -. Mira, ahí tenemos otra muestra del sentido del humor de Ray Spakowski y su equipo de guionistas.
Pablo no pudo hacer más que quedar atónito ante las retorcidas mentes de los organizadores del programa. Ahí, en medio del sendero, había una representación exacta, pintada en el suelo, del lienzo de La Última Cena de Leonardo da Vinci. Ahí estaba, en el centro de la mesa, Jesucristo, con su túnica roja y su manto azulado, extendiendo las manos a ambos lados de un plato vacío y con los apóstoles a su alrededor. <<Uno de vosotros me traicionará>>. Algunos de sus más fervientes discípulos se inclinaban hacia él, como buscando su aprobación, mientras que existía una distancia insalvable con otros. Unos cuantos hablaban entre ellos, discutían, se susurraban, seguramente nerviosos ante el anuncio que su Maestro acaba de realizar. Y sobre el mantel, pan, cubiertos, algunas fuentes llenas de comida, todo aderezado por los secretos, acusaciones y el miedo ante la terrible noche que se aproximaba. La Última Cena.
-Qué hijos de puta – susurró Pablo.
-Yo no lo habría dicho mejor.
Había una roca a un lado del sendero, lisa, como pulida por la mano de Dios, y sobre ella estaban sentadas dos figuras. Pablo reconoció a una de ellas tan pronto como saltó de la piedra al suelo y se acercó a él. Su eterna sonrisa y sus ojos verdes, relucientes, así como su generosa delantera, eran inconfundibles. Laura Badal, la Concursante Número Dos con la que había charlado en la cafetería del barco. A la joven le siguió un chico, ancho de espaldas, con un gorro de lana calado hasta las cejas del que brotaba una larga melena rizada y oscura. Llevaba las manos en los bolsillos y parecía muy interesado en la punta de sus zapatos. Parecía tímido y, en cierta manera, peligroso.
-¡Menos mal que aparece alguno de vosotros! - exclamó Laura -. Salvador ya ha ido a las escuelas, para asegurarse de que no nos quitaban el sitio, pero yo me he quedado a esperaros y... Bueno, he conocido a este chico, que parece que tampoco está muy interesado en unirse a Batanero.
-Soy Arturo Fonseca – se presentó, con cierta brusquedad, sin hacer ademán de estrechar la mano.
-Vienes bien acompañado, ¿eh?
-Es Marina. Marina Ros, la Concursante Número Doce. Hemos salido juntos del barco.
-¿Le has hablado de las escuelas?
-Sí, lo ha hecho – intervino Marina -. Pero por ahora no estoy interesada en unirme a nadie, prefiero pasar esto en solitario – sonrió, como disculpándose -. Iré a escuchar a Batanero y a ver cómo intenta convertirse en el líder de todo esto y luego buscaré un buen lugar donde nadie me moleste. Por seguridad.
-Somos buena gente – dijo Laura -. Puedes confiar en nosotros.
-Estoy segura de eso, pero prefiero ir por mi cuenta, al menos al principio. Sé cuidarme sola. Voy a ir a la mansión esa, no quiero perderme el espectáculo. Ha sido un placer conoceros y, Pablo, gracias por el agradable paseo.
Pablo la siguió con la mirada mientras ascendía por el sendero. La verdad es que era preciosa. Podría haber sido una actriz, o una cantante. Cualquiera habría perdido la cabeza por ella.
-Qué chica más rara – murmuró Laura.
-En el fondo tiene razón – contestó Arturo, arreglándose el gorro de lana sobre la cabeza -. Es una putada hacer amigos aquí. Seguramente muchos mueran antes de que acabe el concurso. Ella ha tomado el camino fácil.
-Y parece que yo he tenido la suerte de conocer al optimista del grupo. ¿Vamos?
Caminaron en silencio bajo el sol del mediodía. Hacía una mañana espléndida, el tipo de mañana que hace pensar en jardines verdes y exhuberantes, hamacas, libros y limonadas. El calor no llegaba a resultar sofocante, sino agradable. Pablo se preguntó dónde estaría si no hubiese participado en el concurso. Seguramente en su pueblo, tendido en el tejado de la Iglesia, al que se podía escalar si uno tenía un poco de maña y no le asustaban las alturas. Subía ahí casi todos los días a leer un libro, en silencio, lejos del mundo, y por las noches en compañía de alguno de sus amigos para hablar de trivialidades. Quizá esa noche varios de sus colegas treparan hasta ahí y comentaran su participación en el concurso. Quizá incluso hicieran una porra sobre cuanto tiempo iba a aguantar.
Se internaron en el bosque a través de un camino más estrecho y pareció que estaban cruzando el escenario de alguna película antigua de terror. Los árboles resultaban tan falsos... y sus ramas retorcidas creaban una telaraña de sombras a sus pies que bailaban como oscuros fantasmas. Había rocas, mucha tierra y polvo y algún matojo de hierbajos que, como Arturo se apresuró a comprobar, también eran artificiales. ¿Quién era el encargado de transformar una isla real en un escenario? Dejaron atrás la fachada delantera de una casa derruida, una pared que se alzaba milagrosamente en pie con un agujero rectangular donde antes debería haber estado la puerta. Había un par de viviendas más adelante, en mejores condiciones pero cubiertas de mugre y con los cristales de las ventanas rotos y las tejas derramadas sobre los porches. Y más adelante, donde el camino trazaba una curva hacia el oeste, hacia otro cúmulo de casas, estaban las escuelas. Eran dos bloques grises unidos formando una pequeña T. En los escalones, erosionados por las lluvias y el viento, esperaba sentado Salvador, con las rastas cayendo sobre sus hombros y lo que parecía ser un cigarrillo de liar entre los dedos. Estaba tan concentrado en elaborar su pitillo que no prestó atención a los muchachos que se acercaban. Detrás de él, las puertas de la escuela estaban abiertas de par en par, dejando a la vista un pasillo lleno de taquillas e inundado por una oscuridad rasgada por los rayos de luz que se colaban por las grietas y ventanucos.
Pablo se sacó el arrugado paquete de Marlboro del bolsillo de los vaqueros y se encendió un cigarrillo. Fue entonces cuando Salvador reparó en ellos y alzó la cabeza con una sonrisa al tiempo que se encendía el suyo. Una bofetada de olor dulzón inundó las fosas nasales de Pablo.
-¿Marihuana? - preguntó.
-Ajá. ¿Quién es este?
-Soy Arturo. Pensaba que las drogas estaban prohibidas en el concurso.
Salvador se encogió de hombros.
-Pues que vengan y me expulsen – dejó escapar una bocanada de humo embriagador -. Además, ¿qué hipocresía es esa? ¿La gente puede ver como nos matamos y nos comemos los unos a los otros pero no puede soportar que yo me fume un porro? Que los follen a todos.
-¿Cómo la has colado aquí?
-Tengo mis recursos, Laura.
-¿Y por qué no has aprovechado para meter algo de comida utilizando tus recursos? - inquirió Pablo.
Salvador abrió los ojos como platos.
-Joder, tío, eso habría sido hacer trampas.
Y se echó a reír. Por alguna razón, a Pablo también le entró un ataque de risa que se incrementó ante la mirada sorprendida de Laura. Incluso Arturo, que parecía una de esas personas incapaces de soltar una carcajada, se permitió una sonrisa, fugaz y casi imperceptible.
Arkaitz Otseantesana y Verónica Sainz llegaron apenas un minuto más tarde, casi a la vez que Abdel Salek. Saludaron a la nueva incorporación y sólo Verónica pareció un poco incómoda ante la sombría presencia de Arturo, pero no dijo nada.
-¿Y ahora qué se supone que vamos a hacer? - preguntó Arkaitz -. Este lugar parece un buen sitio para establecerse. Además, podríamos protegerlo por si alguien decide atacarnos – se acercó a las puertas de entrada y movió las hojas, como para asegurarse de que las bisagras estaban bien sujetas -. Pero creo que deberíamos acercarnos a la reunión de Miguel Batanero. Más que nada para que él y los suyos, porque esa gente seguro que reúne cobardes a su alrededor, no nos consideren enemigos y decidan venir a por nosotros.
-Yo me niego a escuchar a ese gilipollas – sentenció Laura.
-¿Qué tienes contra él? - preguntó Salvador -. ¿Sólo porque era un matoncete de pacotilla en tu colegio? Yo también molesté alguna vez al niño gordito de turno y eso no me ha convertido en un monstruo.
Laura se cruzó de brazos y miró en otra dirección, un poco incómoda.
-Estuvo saliendo con una amiga mía. Con mi mejor amiga de entonces, para ser más exactos. Y la trató fatal. Le hizo de todo. Y encima la chica estaba todo el rato pendiente de él, pendiente de complacerlo, a pesar de que la consideraba poco más que basura. La dejó destrozada y... - hizo un gesto con la mano alrededor de su sien -, completamente ida. Y el cabrón presumía de haber vuelto chalada a alguien que me importaba.
-¿Sabe que estás aquí? - preguntó Verónica.
-Seguramente ni se acuerde de mí. Y lo prefiero. Pero me niego a mirarle a los ojos y mucho menos a contemplar como se hace el gallito delante de todos. Ya tuve bastante con su asquerosa entrevista.
-Bueno, no tenemos por qué ir todos, ¿no? - preguntó Abdel, extendiendo los brazos. Tenía una expresividad portentosa, casi cómica, y del mismo modo que Arturo parecía incapaz de reír, él daba la sensación de que en cualquier momento iba a hacerlo -. Pueden acercarse algunos, sólo para ver qué tiene que decir, mientras que otros se quedan aquí poniendo un poco de orden en las escuelas y haciéndolas habitables. No hay nada malo en que no nos unamos a él. Las chicas esas, las que son más pequeñas, se han instalado en el faro, junto a la entrada. Dudo que eso las convierta en enemigas de nadie. Podemos hacer lo mismo, pero aquí, en la escuela...
-¿Siempre hablas tan rápido? - preguntó Arkaitz -. Con tu acento, casi no me he enterado de nada.
-Vete a la mierda.
-Pero tienes razón – continuó el muchacho -. Prefiero saber qué es lo que se trae entre manos ese tío para saber a qué atenerme, así que iré a escuchar sus increíbles planes de organización y si es necesario le haré ver que no somos... adversarios. Que preferimos instalarnos por nuestra cuenta. Aunque prefiero no tener que intercambiar muchas palabras con él, no parece muy dispuesto al diálogo.
-Oh, él prefiere utilizar sus brazos, para eso los tiene – gruñó Laura.
-Bueno, ¿quién se viene conmigo a la guarida del lobo?

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Balada de la Carne Muerta - Segunda Actualización



Estos primeros días, y aprovechando que es fin de semana, haré una actualización diaria para "entrar en tema" cuanto antes para, después, pasar al ritmo habitual de una actualización cada dos días (salvo imprevistos) ¡Espero que os guste!
¡No olvides leerte todo lo anterior en la actualización previa!


3

ENTREVISTA AL CONCURSANTE MASCULINO #1: GABRIEL ABELLÁN

Gabriel Abellán sale al plató recibido por una oleada de aplausos. Es un chico alto y atlético, con el pelo rubio y una sonrisa de modelo que arranca varios chillidos a algunas de las mujeres del público. Saluda a quienes le vitorean alzando ambas manos y luego estrecha la mano de Ray Sparowski. El Concursante y el presentador intercambian unas palabras que el micrófono no recoge y luego Ray le invita a sentarse. Gabriel Abellán aún se toma su tiempo para volver a saludar a sus fans y entonces toma asiento.

-Como acabamos de comprobar, no te faltan apoyos, Gabriel. Partes como uno de los favoritos y, si no me equivoco, ya tienes contrato para aparecer en portadas de revistas siempre y cuando te conviertas en Ganador. ¿Cómo sienta eso?
-La verdad es que estoy deslumbrado, Ray, y no es por culpa de los focos. (Ríe) He contado con mucho apoyo desde que se hizo pública mi participación en este increíble concurso y creo que el calor del público es esencial para soportar los seis meses que quedan por delante.
-¿Cuáles son los motivos que te han llevado a participar en este programa? No parece que te falten muchas cosas. Eres un tipo bastante atractivo, traes locas a las mujeres y, si no me equivoco, con tan solo dieciocho años has sacado adelante a un equipo de fútbol que parecía condenado al olvido. Dicen que eres el mejor capitán de tu generación.
-Por desgracia, desde que quitaron las becas a deportistas, el fútbol no te da de comer. Y yo quiero estudiar una carrera, ¿sabes Ray? Quiero entrar en Derecho y convertirme en abogado. Para tener éxito en el deporte se necesita mucho esfuerzo y mucha suerte, y me temo que debido a una lesión en mi rodilla no voy a poder dar todo en el terreno de juego. Así que estoy aquí para ganarme una buena fortuna y poder pagar mis estudios.
-Si te conviertes en Ganador, y según los analistas tienes un noventa y cinco por ciento de posibilidades de conseguirlo, ganarás mucho más dinero que el mejor de los abogados.
-En ese caso quizá deje la carrera de lado y disfrute de la vida que me gane en esa isla.
-¿Por qué crees que puedes convertirte en un Ganador?
-Da igual lo que yo piense, son los analistas los que hablan. (Ríe) Pero creo que hay tanta confianza puesta en mí no sólo porque sea fuerte. Quiero decir, el físico es muy importante. Me he ejercitado desde que soy pequeño y creo que puedo plantar cara a cualquier rival, pero hay algo más. (Se lleva un dedo a la sien) Lo que hay aquí dentro. No es que tenga confianza en que voy a ganar, sino que que voy a hacerlo. Y estoy dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguirlo. Además tengo capacidad de liderazgo, como mis logros en el fútbol han demostrado, y puedo organizar a un grupo de gente para que salgan de esto conmigo.
-Aparte de jugar al fútbol, ¿qué más te gusta hacer?
-Me encanta follar. (Tanto él como Ray ríen)
-¿Follar?
-Nunca he tenido mucho problema en conseguirlo y si preguntas por ahí te dirán que lo hago bastante bien. Aparte de eso me gustan las juergas. Creo que he estado en todas las discotecas del país y de todas ellas he salido con éxito (Le guiña un ojo) Y me gusta el Programa, por supuesto. Llevo viéndolo desde su primera edición, así que creo que he aprendido mucho de los ganadores que me han precedido.
-Dicen que una soberbia excesiva puede llevar a la perdición a muchas promesas.
-La soberbia es para los inseguros. Yo no tengo soberbia. Yo sólo digo las cosas tal y como son, Ray.
-¿Hay algún rival que te imponga cierto respeto?
-(Tarda unos segundos en contestar) No. La verdad es que no. Yo no tengo intención de hacer daño a nadie mientras no sea necesario, ojo, pero por otro lado, si alguien me ataca me defenderé. ¿Y sabes una cosa? No creo que tenga que tener miedo de mis rivales. Son mis rivales los que tendrían que temerme a mí.

4

Pablo salió de la cafetería detrás de Verónica Sainz, la Concursante Femenina Número Trece. Era una chica muy alta que parecía una atalaya delgada y, dada la torpeza de sus movimientos, a punto de derrumbarse en cualquier momento. Tenía la piel aceitunada y una larga melena negra que le caía en suaves ondas hasta casi el final de la espalda. Pensó en lo que Verónica había dicho, en la posibilidad de que todos salieran con vida del concurso, y se preguntó si la chica era realmente consciente de dónde se había metido. Luego se preguntó si alguno de ellos lo era.
Mientras se dirigían al pasillo de la Cubierta B, se cruzaron con otros concursantes, todos ellos cargados con sus mochilas y bolsas de deporte, que se mezclaron en una pequeña fila donde se formaban pequeños grupos que acababan disgregándose con la misma velocidad. Saludos, manos estrechadas. Una chica vestida con una camiseta de tirantes blanca que dejaba al descubierto sus brazos cubiertos de intrincados tatuajes lo adelantó por la izquierda y Pablo se fijó en que Salvador del Pozo, el Concursante Número Cinco y fiel reflejo del arquetipo de rastafari un poco colocado, seguía con la mirada el contoneo de su trasero. Vio al grupo de cinco chicas, amigas desde la infancia, que habían decidido participar juntas en el juego. Caminaban un poco apartadas de las demás y la forma que tenían de hablar, de gesticular, y de reír nerviosas con algún comentario, le hizo pensar a Pablo que se encontraba en un instituto justo al terminar las clases y no en lo que para muchos se convertiría en una especie de corredor de la muerte. Eran muy niñas. Una de ellas estaba tan delgada que parecía a punto de desaparecer, pero tenía el pelo largo, liso y negro y, a diferencia de sus compañeras, se dedicaba a observar con atención todo cuanto tenía a su alrededor. Alicia Cortés, Número Cuatro, que había dicho en su entrevista que quería estudiar Derecho y Administración de Empresas y que sacaba las mejores notas de su comunidad autónoma. Aunque quien destacaba en todo ese grupo era la Concursante Número Once, que ya había atraído la atención de varias revistas y protagonizado unos cuantos reportajes fotográficos en cuanto se hizo pública su participación en el juego. Se trataba de Sandra Palau y parecía ligeramente más mayor que sus amigas. La verdad es que era imposible apartar la mirada de su cuerpo escultural, de la seductora curva tanto de sus pechos como de su cintura, de ese rostro suyo que mezclaba determinación e inocencia, coronado con unos brillantes ojos azules y de la melena rubia que se derramaba sobre sus hombros. Sobresalía una cabeza por encima de las demás e incluso en su forma de moverse era distinta. Parecía ajena a las conversaciones de sus amigas, pero lejos de permanecer atenta a los posibles adversarios parecía más interesada en... ¿lucirse?
Los jóvenes se arremolinaban al fondo del pasillo, donde había dos miembros del equipo de seguridad armados con fusiles para evitar disturbios. Entre ambos había un hombre bastante gordo, calvo y con una barba de candado que rodeaba sus labios. Se acercó un altavoz a la boca y habló a través de él.
-¡Pónganse en dos filas, una para los concursantes masculinos y otra para los femeninos! ¡Y en orden alfabético! - señaló un punto vacío junto a sus pies -. ¡Frente a mí los Números Uno, y al final de la hilera los Quince! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡No pretendo ser tan simpático como vuestro querido Ray Spakowski ni soy la mitad de divertido, lo único que quiero es terminar con esto cuanto antes para llegar a cenar a mi casa!
-Hijo de puta – murmuró una voz al lado de Pablo. Se volvió hacia el chico desgarbado y de pelo corto que había hablado y éste se encogió de hombros y le dirigió una tímida sonrisa.
Los muchachos empezaron a formar en una caricaturesca imitación de disciplina militar. Pablo vio que la concursante Número Uno, una chica pija con el pelo castaño recogido en una coleta y la piel escondida bajo una máscara de maquillaje, arrastraba tras de sí una maleta con ruedas en vez de una mochila. Le pareció tan ridículo como divertido. Pablo ocupó su puesto, justo delante de Arkaitz, al que le seguía Abdel, y el chico que ocupó la posición justo delante de él resultó ser el mismo que había llamado Hijo de puta al hombre calvo y gordo.
-¡Rápido! ¡Desembarcaremos dentro de nada y no tenemos todo el día!
Pablo localizó a Miguel Batanero, el favorito de las apuestas, en la parte delantera. Era un auténtico mastodonte. Con cada paso que daba, los músculos se movían debajo de su camiseta blanca y los brazos que quedaban a la vista lucían unos bíceps hinchados y surcados por venas que eran más grandes que la cabeza de muchos concursantes. Batanero, de mandíbula cuadrada, ojos afilados y cabello negro muy, muy corto, parecía a punto de reventar por su propia potencia. Apartó de un empujón a un concursante, que se quejó pero no se atrevió a plantarle cara, y se situó en la posición que le correspondía al Número Tres.
Mientras terminaban de organizarse, Pablo pensó en la isla donde iban a transcurrir los juegos. A cada concursante le habían entregado un mapa de aquel pequeño islote, que en otro tiempo había pertenecido a un pequeño pueblo de pescadores que llevaba un par de décadas abandonado. Tenía forma de croissant y, según las indicaciones, el puerto se hallaba en el suroeste, junto a un faro situado en lo alto de unos acantilados. Desde ahí nacía un sendero que discurría entre casas desalojadas y en ruinas hasta conducir al corazón del pueblo, donde las viviendas se arracimaban alrededor de un pozo y en donde se encontraba la mansión, en otro tiempo impotente, ahora apenas una casa encantada y mugrienta, de quien había sido el hombre más poderoso de la aldea. Había bosques y un grupo de viviendas situado al noroeste, así como varias cabañas y granjas en la zona elevada del este. Por lo visto, el cuerno derecho del croissant estaba compuesto por un sistema de cuevas y cavernas que podía convertirse en un auténtico laberinto.
-¡Muy bien! ¡Muy bien, muchachos! - bramó el hombre -. ¡Ya estáis todos organizados, aunque cualquiera con un poco de idea diría que estas dos filas son una auténtica mierda! Por desgracia, no estáis aquí para aprender orden, sino para sobrevivir. Y ahora mirad a vuestros lados, a las personas que hay delante y a las que tenéis detrás – esbozó algo parecido a una sonrisa repugnante -. Ninguno de ellos es vuestro amigo. Habéis venido aquí a competir, y no sólo queremos un ganador, sino un ganador que haga que la audiencia se ponga en pie cuando salga con vida de aquí. ¡Desembarcamos en seis minutos!
El hombre gordo les dio la espalda y se puso a hablar con los dos soldados. Pablo siguió pensando en la isla. Habían rodeado todo el terreno con una alta verja de metal de cinco metros de alto cuya parte superior estaba electrificada. Era una manera de evitar fugas cuando la situación se tornara desesperada y de evitar que los concursantes tuvieran acceso al mar, donde podrían pescar y alimentarse. Además, habían instalado dispositivos que mantenían alejadas a las aves y, por lo visto, habían arrasado todos los bosques para sustituirlos por réplicas exactas en plástico. No había ningún nutriente en toda la isla.
-¡Escuchadme! - la voz sonó como un trueno y por un segundo Pablo pensó que el hombre calvo iba a decir algo más, pero no se trataba de él, sino de Miguel Batanero. El fortachón se había situado entre las dos filas y paseaba la mirada entre los concursantes como si fuese un sargento de instrucción. Algunos muchachos murmuraron, nerviosos -. ¡Sólo hay un pozo en esta isla, y vamos a tener que organizarnos también para obtener agua! ¡No quiero que ahí fuera nos convirtamos en salvajes y cada uno campe a sus anchas esperando el momento de enloquecer y atacar a los demás mientras duermen! Así que vamos a organizarnos. Nos reuniremos todos frente a la mansión del pueblo, cerca de la plaza, y una vez ahí...
-¿Y a ti quién te ha nombrado líder, Batanero? - intervino Gabriel Abellán con una sonrisa desafiante.
No hubo respuesta. Tampoco hubo tiempo a que nadie dijera nada. Miguel Batanero, simplemente, embistió contra él, apartando de un empujón al Concursante Número Dos que se interponía entre ambos. La espalda de Gabriel se estrelló contra la pared y su nuca la golpeó con un sonido seco. El muchacho, que quería ser jugador profesional de fútbol pero que, debido a una lesión en la rodilla, no iba a conseguirlo, emitió un quejido ahogado y después sus pulmones se vaciaron de aire cuando Miguel le propinó un puñetazo en el estómago. El Concursante Número Uno se arqueó hacia delante y varios jóvenes se apartaron y soltaron exclamaciones de asombro que no hicieron mella en el Número Tres. Cogió del cuello a Gabriel y volvió a estamparlo contra la pared, levantándolo un palmo del suelo. Los músculos de su brazo palpitaban, y un reguero de sangre caía desde su nariz.
-¡Déjalo en paz, mala bestia! - chilló Laura.
Miguel Batanero acercó mucho su rostro cuadrado al semblante sudoroso y atemorizado de Gabriel. El organizador y los soldados contemplaban la escena sin intervenir.
-Nadie me ha nombrado líder, niñato, pero estoy seguro de que no vas a ser tú quien me discuta esa posición. ¿Crees que no tienes que temer a nadie? Más vale que no me toques los cojones o te mataré antes de que tengas tiempo a lucirte frente a las cámaras.

¡Oh, oh, oh! Parece que los nervios están a flor de piel y que algunos de nuestros concursantes son conscientes de lo que anda en juego. Sin duda, Miguel Batanero va a ser un contrincante duro de pelar. ¿Podrá salir Gabriel Abellán de la terrible situación en la que se ha metido? ¿Superará la humillación y se convertirá en el líder nato que se supone que es? ¡Recuerden que esta noche entrevistamos a los padres del Concursante Número Uno, a las 22.30, en nuestro plató! Quizá tengan algo que decir de este violento encuentro.

-¿Lo has entendido? - escupió Miguel Batanero a la cara enrojecida y contraída de Gabriel.
Éste jadeó, sujetando la gruesa muñeca de su atacante con ambas manos y pataleando como un muñeco roto.
-S... sí... - alcanzó a decir.
-Espero que no vuelvas a interponerte en mi camino.
Miguel lo soltó y el Concursante Número Uno cayó sentado al suelo, respirando agitadamente, y se deslizó el dorso de la mano por debajo de la nariz, manchándolo de sangre. Sus ojos vagaron por quienes estaban pendientes de él.
-¿Qué estáis mirando? ¿Qué coño estáis mirando?
Se había organizado un pequeño revuelo y las hileras se habían roto y, sus integrantes, mezclado. Pablo permaneció en su puesto y vio, cerca de donde se encontraba, a Arkaitz hablando apresuradamente con Verónica y Laura. Mientras escuchaba, Laura lanzaba miradas cargadas de odio a Miguel Batanero, que se estaba ajustando las mangas de la camiseta antes de hablar de nuevo.
-Como estaba diciendo antes de que este gilipollas me interrumpiera, nos reuniremos en la mansión de la isla. Podremos hacer un reparto de habitaciones y organizarnos para sobrevivir. Quien no quiera aparecer, lo consideraré automáticamente un enemigo potencial, y puedo aseguraros que no me porto bien con mis enemigos.
-Oye, tío... - empezó Gabriel, incorporándose -. Perdona, pero no quería...
-Cállate.
-¡Ya ha sido suficiente! - habló el hombre gordo -. ¿Dónde diablos están mis filas? Joder, sois los concursantes que más problemas han dado antes de empezar. ¡Venga, venga, moveos u os freímos a tiros aquí mismo!
Cuando las hileras de nuevo estuvieron más o menos formadas, Arkaitz, situado a la espalda de Pablo, le puso una mano en el hombro y le susurró al oído:
-Antes de decidir si nos reunimos o no con ese tarado, Laura, Verónica, Abdel, Salvador y yo vamos a quedar en las viejas escuelas. ¿Sabes donde se encuentran?
Pablo asintió con la cabeza. Se hallaban cerca de las viviendas situadas en el noroeste y eran un par de edificios arcaicos y estropeados donde apenas quedaban unos pocos pupitres y alguna pintada fantasmal en las pizarras.
-¡Perfecto! Y ahora un breve repaso de las reglas – el gordo carraspeó y cruzó los brazos ante el pecho -. La principal regla es que no hay reglas una vez llegados a este punto. El concurso dura, en principio, seis meses. Seis meses en los que estaréis aislados dentro de esa isla. Las puertas de entrada no volverán a abrirse hasta transcurridos ese tiempo, y no intentéis escapar porque es imposible. Poner un pie fuera del terreno de juego te convierte automáticamente en Desertor y puedes ser abatido a tiros por nuestros guardias de seguridad, sin avisos que valgan. Ahí dentro podéis hacer lo que queráis. Podéis mataros unos a otros si os van las orgías de sangre y queréis acabar cuanto antes con eso, porque en cuanto quede una persona con vida, sólo una, sin importar el tiempo que falte hasta finalizar el concurso, éste se convertirá en Ganador y será liberado. Sin embargo, si no queréis ganaros muchos enemigos desde el primer momento o tenéis cierto reparo en empezar a apuñalar y estrangular, podéis decantaros por la supervivencia – sonrió -. Dentro de seis meses, todo aquel que quede con vida será Ganador. Pueden ser dos personas, siete o veinte, no importa el número, tenemos dinero de sobra. Por desgracia, la supervivencia no es tan sencilla. No hay ninguna clase de alimento en esa isla. Moriréis de hambre. A no ser, claro, que aprovechéis la única comida que os queda – la sonrisa se hizo más amplia, como si el hombre estuviera saboreando sus palabras -. La carne que tanto vosotros como vuestros compañeros habéis traído sobre vuestros huesos.
Pablo prácticamente pudo imaginar los aplausos y gritos de júbilo del público en el plató y la audiencia en sus casas. El barco hizo un breve movimiento que le obligó a sujetarse para mantener el equilibrio y entonces se detuvo. Las puertas que había detrás del hombre y los dos soldados se abrieron, dejando ver un rectángulo donde se distinguía la entrada de la muralla de metal. Al otro lado un sendero que parecía una cicatriz surcando un terreno árido y hostil.
-¡Saldréis en orden, conforme diga vuestros nombres! - anunció el organizador, y uno de los soldados le tendió un fichero con la lista de jugadores -. ¡Buena suerte, muchachos, y que ganen los mejores! ¡Concursantes Número Uno, Gabriel Abellán y Marta Agramonte! ¡Vamos!
Gabriel, aún aturdido por los golpes que había recibido, y Marta, arrastrando su maleta de ruedas, atravesaron la salida del barco y cruzaron por una amplia pasarela hasta la isla.
-¡Concursantes Número Dos! ¡Joaquín Arnal y Laura Badal!
Los nombres se sucedían a toda velocidad y el suyo cada vez estaba más cerca. Se preguntó qué pasaría si, al escucharlo, se quedaba ahí, helado, junto a la salida, incapaz de avanzar hacia esa isla llena de horrores. ¿Qué harían? ¿Los soldados lo empujarían o directamente le volarían la cabeza por no seguir las normas, como había ocurrido con el chico que intentó escapar del barco? De cualquier modo quedaría en ridículo. Igual se meaba en los pantalones y sería recordado como el niño llorica que no consiguió dar un paso hacia el concurso más famoso del mundo.
Con el rostro inexpresivo, miró a todas partes y sus ojos se encontraron, primero, con los de Arkaitz, que parecía sumido en sus propios temores, y después con los de la Concursante Número Doce, que temblaba ligeramente a su derecha. No había reparado hasta entonces en su compañera, distraído por los nervios y por los últimos acontecimientos, pero era realmente preciosa. ¿Cómo se llamaba? No tenía ni idea. A pesar de su físico envidiable, alta, delgada, atractiva, a pesar de su rostro angelical y de sus ojos azules enmarcados en gruesas sombras, su piel pálida y su larga melena rubia, la Concursante Número Doce se las había arreglado para pasar desapercibida en los meses previos al concurso. Eran muchos los participantes que preferían aprovechar su última temporada de anonimato, pero una joven así tendría que haber acaparado la atención de todas las cámaras. No tenía nada que envidiar a Sandra Palau y, además, estaba envuelta en un aura de misterio de lo más seductora.
Pablo sacudió la cabeza. Se podía decir que se la estaba comiendo con los ojos, y eso era un comentario bastante irónico dada la naturaleza del concurso. Además, si las cámaras le captaban observando así a la chica, quedaría como un maníaco sexual delante de todo el mundo.
-¡Concursantes Número Doce! - rugió el hombre calvo, y sólo entonces Pablo fue consciente de que no quedaba nadie delante de él. De pronto la mochila le pareció muy pesada y las correas le laceraban los hombros -. ¡Pablo Navarro y Marina Ros!
-Buena suerte – susurró Arkaitz a su espalda.
<<Ya está, ya está>>, pensó, al borde de una repentina locura.
Pero sus pies avanzaron, a la vez que los de Marina Ros. Pasó junto al hombre gordo y los dos soldados, que se le antojaron formas difuminadas, sin rostro, fantasmas de un mundo al que ya no pertenecía. Salió a la pasarela y se le encogió el estómago al contemplar la gigantesca muralla de metal que circundaba la isla. El faro, que parecía un dedo esquelético y retorcido señalando al cielo, sobresalía por encima de los muros. Cruzaron las puertas y se internaron, en silencio, pues los vítores y aplausos habían quedado en el plató, en el sendero que conducía hasta el pueblo.
El concurso había comenzado.

sábado, 16 de noviembre de 2013

La Balada de la Carne Muerta



LA BALADA DE LA CARNE MUERTA
Pedro A. Pérez

Sinopsis

          ¡Bienvenidos a la décima edición del concurso más famoso de todos los tiempos! ¿Cansado de los aburridos reality shows que inundan nuestras televisiones? Prepárate para disfrutar de una competición mortal donde 15 chicos y 15 chicas deben sobrevivir durante seis meses en una isla desierta sin más comida que la carne que tienen sobre sus propios huesos. ¿Serán capaces de mantener su humanidad o acabarán sucumbiendo a la demencia? Los ganadores regresarán a casa con vida y con más dinero del que puedan gastar en cien años.
            Los perdedores morirán.
            
Nota del autor

            La Balada de la Carne Muerta es una novela publicada por entregas. Espero que el ritmo de actualización sea de unas cinco o seis páginas cada dos días, y también espero, desconocido lector, que disfrutes sumergiéndote en esta historia tanto como yo lo he hecho escribiéndola. Y ojalá que te abra el apetito. Y dicho esto, ¡comencemos!


LISTA DE CONCURSANTES

CONCURSANTES MASCULINOS


#1 ABELLÁN, GABRIEL
#2 ARNAL, JOAQUÍN
#3 BATANERO, MIGUEL
#4 CARBALLO, HÉCTOR
#5 DEL POZO, SALVADOR
#6 ESCRIBANO, SANTIAGO
#7 FONSECA, ARTURO
#8 GARCÍA, HUGO
#9 GARRIDO, ÁNGEL
#10 LLACER, FÉLIX
#11 MARTÍNEZ, MARCOS
#12 NAVARRO, PABLO
#13 OTSOANTEZANA, ARKAITZ
#14 SALEK, ABDEL
#15 VARELA, VÍCTOR

CONCURSANTES FEMENINOS


#1 AGRAMONTE, MARTA
#2 BADAL, LAURA
#3 CEDEÑO, ALODIA
#4 CORTÉS, ALICIA
#5 FEIJOO, LUNA
#6 FERRANT, SOFÍA
#7 JUDERÍAS, ANABEL
#8 LACASA, BEATRIZ
#9 MADRID, LORENA
#10 NOBOA, SUSANA
#11 PALAU, SANDRA
#12 ROS, MARINA
#13 SAINZ, VERÓNICA
#14 SILVA, NATALIA
#15 VERA, DIANA




ENTRANTES

I
Croissant gratinado con champiñones y jamón

1

Por primera vez desde que toda aquella locura había comenzado, Pablo Navarro fue consciente, de una manera vaga pero instintiva, de dónde se había metido. Los intrincados mecanismos del programa lo habían mantenido hipnotizado, atrapado en una somnolencia salpicada de entrevistas, platós de televisión, fanáticos gritando su nombre y la promesa de fama eterna y mucho más dinero del que pudiera imaginar. Recordaba el estallido de los fuegos artificiales y el retumbar de los tambores cuando había salido al plató de televisión, la salva de aplausos que había recibido a pesar de no ser uno de los concursantes favoritos. El público se había levantado de sus asientos para dedicarle una ovación atronadora y le había dado la impresión de que, entre la multitud agolpada, una chica bonita y joven sacudía en lo alto una pancarta con su nombre. Había contestado a las preguntas del presentador, Ray Sapkowski, uno de los hombres más influyentes, carismáticos y divertidos del panorama televisivo, e incluso había reído con sus bromas, insinuaciones y pequeñas puyas. Mostró con orgullo el dorsal que le señalaba como Concursante Masculino Número Doce y afirmó alegrarse de no tener el trece, que era el número de la mala suerte. Sapkowski le dejó hablar para que quienes no habían estado muy al tanto del proceso de selección de concursantes lo conocieran mejor y pudieran apostar por él o contra él; Pablo habló muy por encima de su familia y de su vida y se centró en sus sueños de convertirse en escritor.
-¿Acaso vas a escribir una historia sobre este programa? - le acabó preguntando Ray Sapkowski sin alterar su amplia sonrisa.
-Esa es la idea, sí. Las experiencias de un concursante escritas por un concursante de verdad.
-En ese caso, seguro que no encontramos el libro en la sección de comedias románticas. ¡Muchas gracias, Pablo! ¡Despidamos al Concursante Masculino Número Doce con un fuerte aplauso!
Y de nuevo, el fragor de los aplausos. Los vitores subieron de tono cuando Pablo se acercó al borde del escenario, cegado por los focos, y trazó una teatral reverencia. Y en ese momento sintió que podía ganar ese y mil concursos más.
Y ahora ahí estaba, navegando junto a otros catorce chicos y quince chicas hacia la isla donde tendría lugar aquella edición del programa, de la que, como había dicho Ray Sapkowski antes de presentar a los concursantes, se podían esperar grandes sorpresas e increíbles novedades porque no se trataba de una edición normal, sino que conmemoraba el décimo aniversario desde la primera emisión de aquel particular juego. Viajaban en un barco bastante grande, lleno de todo tipo de lujos, a pesar de que el trayecto sólo duraría un par de horas. Había piscinas en cubierta, un par de jacuzzis, sauna e incluso un gimnasio, aunque ningún restaurante. La Regla Número Uno, <<Los concursantes no tendrán acceso a ningún tipo de comida desde que empiece el Concurso>>, ya estaba en marcha. Podían acercarse a la cafetería a tomar un refresco, e incluso algo de alcohol, pero Pablo había decidido acercarse a la borda del navío para apoyarse en la barandilla y contemplar la vasta extensión de agua en calma que se perdía en el horizonte atrapando los destellos del sol. Sostenía un cigarrillo entre los labios, recién salido de su arrugado paquete de Marlboro. Llevaba más tabaco en la mochila, junto a algunas prendas de ropa y una cantimplora. La Regla Número Cuatro prohibía que en el equipaje se transportaran medicamentos, objetos que pudieran ser utilizados como arma, dispositivos electrónicos, libros y, especialmente, comida. El último bocado que Pablo había probado habían sido unas galletas que su madre había envuelto para que las devorara antes de salir al plató de televisión. Un pequeño aperitivo que no tenía ni punto de comparación con el banquete de despedida que su familia y sus amigos más cercanos habían organizado la noche anterior. Cerró los ojos y pensó en aquel festín, en todo lo que había ocurrido. Aspiró el humo del cigarrillo, dejando que inundara sus pulmones, y lo dejó escapar entre sus labios, creando espectros nebulosos ante su rostro.
De pronto sintió la necesidad de saltar al mar y alejarse a toda velocidad de esa locura en la que se había metido de cabeza. Fue un impulso loco e irracional. Para empezar, no tenía ninguna opción de escapar una vez que el concurso había comenzado (Regla Número Ocho), y alrededor del barco navegaban pequeñas lanchas de guardacostas que intentarían capturarlo y, si se resistía, lo abatirían a tiros. Eso había ocurrido una vez, tres años antes. Un muchacho se había dejado dominar por el miedo y, antes de poner los pies en la isla, había intentado huir saltando por un lateral del barco. Lo persiguieron durante una hora hasta que se dieron cuenta de que no iba a regresar y entonces uno de los soldados levantó el arma, apretó el gatillo y todo terminó. Las cámaras grabaron hasta el último instante de aquella desesperada huida y el nombre de aquel desgraciado ni siquiera se recordaba. Había sido un cobarde. Un mal chiste para ese concurso. Pablo pensó que a ese chico también le habrían organizado un festín, que todos sus amigos le habrían palmeado la espalda y su novia, si es que tenía, le habría pedido que volviera con vida. Algunas personas habrían apostado por él. ¿Qué habrían pensado todos ellos al verlo convertido en una rata asustada? ¿Vergüenza? ¿Decepción? No quería pasar por lo mismo.
El sonido de una pequeña pelota rebotando le hizo volver la cabeza hacia el otro extremo de la terraza. Ahí había un muchacho sentado, lanzando la pelota contra una de las paredes, recogiéndola cuando rebotaba y volviéndola a lanzar. Era un chico enjuto, delgaducho, con el pelo oscuro despeinado y el rostro de un niño. Pablo lo reconoció al instante; se trataba del Concursante Número Ocho, Hugo García, que tenía la edad mínima para participar en el programa. Quince años. Poco iba a hacer contra los más mayores, de veinticinco, que habían tenido tiempo para entrenarse y conocer los secretos y estrategias del juego. A Pablo le había llamado la atención desde el primer momento. Estaba seguro de que sería de los primeros en perder. ¿Qué habría llevado a un chaval como él a participar en esa locura? ¿Estaría su familia arruinada? La madre de Pablo solía decir que los reality shows que habían proliferado en la última década se aprovechaban de la crisis económica del país para vender sueños e ilusiones a cambio de vidas inocentes.
Volvió a concentrarse en el mar y vio que otro chico se acababa de apoyar en la barandilla, un par de metros a su derecha, con la mirada perdida en el horizonte. Tenía el pelo corto y castaño y parecía fuerte, aunque tampoco era robusto. Llevaba puesta una camiseta roja desteñida de manga corta, con un logotipo de América estampado en el pecho, y unos vaqueros cortos. Llevaba unos cuantos días sin afeitarse, y la incipiente barba le daba un aspecto descuidado. Pablo no recordaba su nombre, pero sabía que era el Concursante Número Trece. El que llevaba el número de la mala suerte. Lo había visto en el aparcamiento, antes de entrar al plató, despidiéndose de sus padres y de su hermana pequeña, una criatura de cinco o seis años, preciosa, de pelo negro y ojos azules, ante la que se había arrodillado para susurrarle algo al oído.
-Hola – saludó el muchacho al darse cuenta de que Pablo lo estaba mirando.
-Hola – al instante, se sintió ligeramente estúpido -. Soy Pablo Navarro. El co...
-Sí, el escritor, he visto tu entrevista. Justo después iba yo – el Concursante Número Trece dio un paso hacia él y le estrechó la mano con fuerza -. Me llamo Arkaitz. Arkaiz Otsoantezana.
-Con razón no recordaba tu nombre – contestó Pablo, dejando escapar una carcajada.
Arkaitz se encogió de hombros.
-Pues más vale que no todos sean como tú, no quiero ser el primer ganador cuyo nombre se olvide por dificultades de pronunciación.
-¿Te ves con posibilidades?
-Creo que sí. Aunque eso no siempre es bueno.
Pablo le ofreció un cigarrillo y él lo rechazó con un gesto de la mano. Luego siguieron mirando el mar, roto por las barcazas guardacostas que rodeaban al navío. El sonido de la pelota de Hugo García empezaba a ponerle nervioso.
-¿Por qué estás aquí solo? - le preguntó Arkaitz -. La mayoría están dentro, buscando amigos y alianzas para asegurarse la supervivencia.
-No sé. Necesitaba pensar un poco. Creo que es el último rato en el que voy a poder fumar tranquilo, en silencio, sin estar pendiente de que me graben las cámaras o de que haya alguien acercándose detrás de mí. Es el último instante en que voy a estar solo.
-Cuando mueres, también estás solo.
-Claro. Pero es que yo voy a ser otro de los ganadores.
-Y escribirás un libro que hiele la sangre de esos cobardes que no se atreven a participar – Arkaitz sonrió -. ¿Te apetece entrar dentro? Podríamos echar un trago en la cafetería. Pero tampoco quiero romper tu soledad...
-No te preocupes – Pablo arrojó lo que le quedaba del cigarrillo al mar -. Necesito refrescarme un poco.

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2

Verónica Sainz, la Concursante Femenina Número Trece, estaba sentada en la cafetería, con un botellín de agua entre sus trémulas manos. Pronto llegarían a la isla y el juego se habría terminado; no habría más comodidades, sólo personas compitiendo por sobrevivir durante los seis interminables meses que les aguardaban. Se preguntó por qué se había metido en semejante lío y, aunque tenía clara la respuesta, prefería no pensar en ella para no sentirse estúpida.
Había tomado asiento en unos sofás junto a otros tres concursantes. Uno de ellos era una chica que había conocido mientras esperaba su turno de entrevista en el plató de televisión. Se llamaba Laura Badal y había sido una de las primeras en hablar delante de las cámaras con Ray Sparowski, pues el suyo era el Número Dos. Al regresar de su encuentro debió percibir la inquietud de Verónica, porque clavó sus enormes ojos verdes en ella y se acercó a hablarle y tranquilizarla. Verónica le dijo que era una persona bastante tímida, que le daba miedo hablar delante de sus compañeros de Universidad y que cómo iba a lograr mantener la calma con todo el país pendiente de sus palabras. Laura le recomendó que se olvidara de todo el país, incluso que ignorara la presencia del charlatán de Ray Sparowski, y se centrara en contar lo que le viniera en gana, aunque poco tuviera que ver con la pregunta del presentador.
-Lo peor que puede pasar es que crean que estás un poco chiflada – le había dicho -. Pero, al fin y al cabo, ya deben de pensarlo de todos nosotros por haber entrado en este concurso.
Y al final las cosas habían salido bastante bien y, desde ese momento, Verónica y Laura no se habían separado. Ahora, en el barco, habían conocido a dos muchachos. Uno de ellos era el Concursante Número Seis, Salvador del Pozo, un chico larguirucho y con rostro atontado que lucía unas rastas que le caían sobre la espalda. Estaba en los huesos y de tanto en tanto parecía sumirse en sus propios pensamientos mientras esbozaba una sonrisa sesgada. El otro era el número catorce, Abdel Salek, un inmigrante marroquí bajito, de piel oscura como las sombras y tal charlatán que a veces costaba seguirle el ritmo, sobre todo teniendo en cuenta que algunas palabras no las pronunciaba bien y que tenía un marcado acento de su tierra.
-El que me preocupa es Miguel Batanero – estaba diciendo en ese momento, bajo la atenta mirada de los gigantescos ojos verdes de Laura -. Es el claro favorito de todas las apuestas y él mismo se considera el único ganador posible. Además es un maldito toro, ¿habéis visto el cuello que tiene? ¿Y los brazos? Podría partirle la espalda a un hombre como si fuese de juguete. Me da la impresión de que querrá dar espectáculo. Bueno, él mismo ya lo ha dicho en las entrevistas. No quiere ser recordado como un ganador más, sino que nadie se olvide de su paso por el concurso.
-Ese tío es un gilipollas – contestó Laura, y su tono de voz dulce contrastó mucho con sus palabras -. Lo conozco. Iba a mi colegio, a mi clase.
-¡Pero si tiene tres años más que tú!
-Es que no tenía muchas luces, aunque igual era muy listo pero pasaba de estudiar. No es más que el típico matón que molestaba a los frikis, atraía la mirada de la mayoría de las chicas y robaba el almuerzo a los más pequeños...
-Si la habilidad especial de Batanero es robar almuerzos, no va a tener muchas posibilidades de utilizarla en este programa – dijo una voz desconocida.
Verónica levantó la cabeza, sorprendida, y se percató de que dos chicos habían entrado en la cafetería. Uno de ellos llevaba una camiseta de manga corta roja, con un estampado de América en el pecho, y se estaba sirviendo un refresco en un mostrador cerca de los sofás. Era quien había hablado. Su acompañante era de su misma estatura, pero mucho más delgado y con el pelo negro revuelto y despeinado. Se trataba del joven que había hablado de escribir un libro. Verónica no había conocido a muchos escritores, pero ese muchacho tenía el aire despistado que se asociaba a los autores.
-¡Perdón! No nos hemos presentado – dijo el que había hablado -. Soy Arkaitz Otsoantezana. Él es Pablo Navarro. ¿Podemos sentarnos?
-¡Por supuesto! - contestó Laura, y se levantó para presentarse. Abdel y Salvador se incorporaron después y Verónica, algo cohibida, hizo lo propio cuando Arkaitz se acercó a ella. El chico le estrechó la mano y le guiñó un ojo. No fue un guiño pícaro, sino un gesto de confianza que tampoco supo interpretar, pero que le hizo sentir cómoda. Luego saludó a Pablo y volvió a sentarse y a jugar con la botella entre sus manos.
-¿Habéis visto alguna edición del concurso antes? - preguntó Salvador, arrastrando mucho las palabras.
-No me gusta ver la televisión – contestó Verónica.
-¿No? - Pablo se volvió hacia ella con una ceja enarcada -. ¿Y te has metido en esto sin saber qué es lo que ocurre?
-Me refiero a que nunca he seguido una edición completa – contestó Verónica, algo incómoda. Todas las miradas se habían vuelto hacia ella y sintió que se ruborizaba -. Claro que he visto algunas de las imágenes en los noticiarios, cuando los ganadores salen después del aislamiento, y... y bueno, he visto algún debate, leído artículos. Sé cómo funciona esto.
-Pero nunca lo has visto en televisión – sentenció Salvador.
-¿Y qué más da? - inquirió Laura -. Yo tampoco. Siempre te mostraban las escenas más... asquerosas.
-Es que el concurso no es un camino de rosas – dijo Arkaitz -. La gente se muere, es normal que...
-Una vez encendí la televisión por la noche – continuó Laura, como si no hubiera escuchado a Arkaitz -, y vi algo horrible. Era una chica, agazapada en lo que debía ser el sótano de una casa. Se movía como si fuese un animal, y tenía el rostro pálido, demacrado, con los huesos de la cara marcándose muchísimo. Y entonces se abalanzó sobre algo que resultó ser una rata y, aunque estaba viva, se la acercó a la boca y... - compuso una mueca de asco.
-Eso fue en la segunda edición – informó Pablo -. Luego los organizadores del concurso se tomaron muy en serio que en los lugares donde tuviera lugar el juego no quedara ni una alimaña que los participantes pudieran comer. Se supone que es trampa. Por eso ahora utilizan dispositivos electrónicos que mantienen alejados a los pájaros y aniquilan toda la vida del lugar para que no quede ni un mísero insecto del que nos podamos aprovechar.
-¿Esa chica ganó gracias a la rata? - preguntó Arkaitz.
Hubo un incómodo silencio.
-No – contestó Pablo -. El resto la mataron cuando descubrieron que no había compartido a su presa. Eran las últimas semanas de juego y los concursantes estaban desesperados y...
-Basta, por favor – pidió Laura -. Me están entrando arcadas.
-Conocí a un tipo que pagó una millonada por los restos de esa rata – anunció Abdel, divertido -. Un coleccionista de trofeos del concurso. Por lo que me han contado los tiene ahí expuestos en una estantería como si fuesen una obra de arte...
-He dicho que basta – suplicó Laura.
Se hizo un silencio palpable, casi sobrenatural, que incomodó aún más a Verónica. Daba la sensación de que no sabían hablar de otra cosa. Que cualquier tema que trataran que no tuviera que ver con el concurso estaría fuera de lugar. Y, de hecho, fue ella misma quien confirmó su propia teoría:
-No llegaremos a eso. Creo que todos podemos convertirnos en ganadores.
Arkaitz la miró, desconcertado.
-¿De qué estás hablando?
-Tiene que haber alguna manera de que no muera nadie – dijo,a pesar de las expresiones atónitas de sus compañeros. Y realmente se dio cuenta de que hasta ese momento no había pensado en la muerte, a pesar de que habían transcurrido dos meses desde que se presentó al casting. Ni en su propia muerte ni en la de sus compañeros.
-¿Conoces las reglas, Verónica? - preguntó Pablo, inclinándose hacia delante.
-Treinta concursantes encerrados en un entorno aislado – recitó Verónica, como si fuera un salmo -. El concurso dura seis meses. Hay dos formas de convertirse en ganador: ser el último participante con vida o sobrevivir durante esos seis meses. Transcurrido ese tiempo, termina el aislamiento y todos los que queden con vida reciben el Premio.
-¿Pero...? - la azuzó Arkaitz.
-En el entorno de juego no hay comida. No hay nada comestible.
-Excepto esa rata de la segunda edición – añadió Abdel -, y la carne que llevamos sobre nuestros huesos.
-Conozco perfectamente las reglas – insistió Verónica -. Y sé lo que suponen. Lo que quiero decir es que puede existir una forma de que todos salgamos con vida. Alguna estrategia. Tal vez...
-El máximo número de ganadores han sido doce, en el concurso de hace seis años.
-El más aburrido de todos, por cierto – dijo Salvador -. La audiencia cayó en picado.
-Ya, pero...
-¿Sabes cuanto tiempo puede sobrevivir el hombre sin comer? - le preguntó Arkaitz.
Claro que lo sabía. Verónica Sainz estaba en segundo curso de Medicina, aunque tampoco había que estudiar esa carrera para conocer la respuesta.
-Sesenta días.
-Dos meses – confirmó Arkaitz -. Y el concurso dura seis. ¿Cómo vas a aguantar sin comer nada? ¿Cómo van a aguantar treinta personas sin comer nada? Y sesenta días aquellos que sean fuertes, la inmensa mayoría mucho menos. Y eso sin tener en cuenta que habrá quien pierda la cabeza o quien intente convertirse en el último superviviente para terminar el juego cuanto antes.
-A mí me da un poco de miedo el Concursante Número Diez, ese tal Félix Llacer. Se negó a participar en la entrevista y tiene una mirada con la que tendré pesadillas el resto de mi vida – confesó Abdel -. Si hay algún psicópata capaz de matarnos a todos para salvarse él, ese es el Número Diez.
-Si hubiera una manera de sobrevivir a todo esto, de que todos nos convirtiéramos en ganadores – Arkaitz lanzó una mirada feroz a Verónica -, ¿crees que este programa tendría éxito? ¿De verdad piensas que toda esa gente se sienta delante del televisor para contemplar una lucha personal por la superación y una convivencia basada en la amistad y el honor? Nosotros no somos muy diferentes de los gladiadores que agolpaban a multitudes en los circos romanos. El público quiere sangre, y si no se la ofrecemos, ya se les ocurrirá algo a los jefazos del programa para obligarnos a ofrecer espectáculo.
-Se dedican a ofrecer espectáculo desde el mismo casting – lo apoyó Pablo -. Fijáos ese grupo de cinco chicas que han entrado juntas, las que son compañeras de clase y amigas desde la infancia y que sólo Dios sabrá qué les ha llevado a participar en esta locura...
-Una de ellas lo dijo en la entrevista – dijo Salvador.
-Bueno, la cuestión es que han metido a cinco amigas de toda la vida que sólo tienen diecisiete años y que se piensan que esto es un juego donde nadie va a hacerles daño, donde cuando las cosas se pongan feas aparecerá Ray Sparowski con una amplia sonrisa diciendo “¡La Broma ha terminado!”. ¿Por qué creéis que las han metido?
-¿Por qué? - preguntó Laura.
-Para que el público vea cómo la amistad que las ha unido durante años se va rompiendo poco a poco. Que empiezan a desconfiar, a maquinar a espaldas unas de otras, a traicionar tantos años de confianza. No habría nada que le gustase más a la audiencia que ver cómo acaban matándose las unas a las otras, sustituyendo su eterna amistad prometida por odio y violencia...
-No parece que a vosotros dos os guste mucho este programa – dijo Laura -, ni la gente que lo ve año tras año. Entonces, ¿por qué estáis participando?
-Porque mola ser gladiador – contestó Arkaitz -. Y yo he dicho que esa gente no merece mi respeto, pero no que yo sea mejor que ellos. Además, estoy aquí por el dinero. Mi familia lo necesita.
Pablo fue a decir algo, pero entonces una voz bramó a través de los altavoces.
-¡Que todos los Concursantes se reúnan en el pasillo de la Cubierta B! ¡Repito! ¡Que todos los Concursantes se reúnan en el pasillo de la Cubierta B!
Aquellas palabras dejaron a Verónica clavada en el sitio, y fue Abdel quien, al ponerse en pie, materializó sus miedos:
-Parece que esto ya empieza, amigos.