¡Y aquí vamos con una nueva actualización de La Balada! ¡Espero que os esté gustando!
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ENTREVISTA A LA
CONCURSANTE FEMENINA #1: MARTA AGRAMONTE
Si hay una palabra
que puede definir a la Concursante Número Uno, es sofisticada. Sale
al plató de televisión con una seguridad que deja con la boca
abierta, como si llevara toda la vida frente a las cámaras. Tiene el
pelo, largo y castaño, recogido en una coleta y, aunque parece
frágil, hay algo en su rostro alargado y en su fría mirada que
demuestra una férrea determinación. Saluda con educación con la
mano, apenas un leve movimiento, y luego se sienta frente a Ray
Sapkowski con los dedos entrelazados sobre el regazo.
-Bueno, Marta, es un
placer tenerte por fin ante mí. Me han dicho que no eres muy
habladora, pero estoy más que dispuesto a arrancarte unas cuantas
palabras...
-La verdad es que soy
algo tímida, sí.
-Sin embargo, parece
que todo este publico no te impone lo más mínimo. La mayoría de
los concursantes salen algo cohibidos, pero da la sensación de que
tú sabes mantener la compostura aunque millones de espectadores.
-Si
quieres que sea honesta, Ray, aún no me creo nada de lo que está
pasando. (Ríe,
nerviosa) Es
como si estuviera atrapada en un sueño muy confuso donde las cosas
ocurren a demasiada velocidad. Estoy segura de que antes o después
despertaré y todo habrá pasado.
-La buena noticia es
que no estás soñando. Has sido elegida para este concurso porque
nuestros encargados han visto que puedes dar espectáculo. Y ahora
dime, Marta, ¿qué te llevó a participar en este juego?
-(Tras
unos segundos) No
lo sé. No, en serio, no lo sé. Como te digo, todo ha ocurrido muy
rápido y... (Retuerce
las manos, nerviosa)
-Da la sensación de
que hay una historia que no quieres contar.
-Bueno,
si eso fuera cierto, ya estaría dando espectáculo, ¿verdad? Los
misterios siempre elevan las audiencias. (Ríe)
-¿Hasta dónde estás
dispuesta a llegar para vencer? ¿Serías capaz de matar a alguno de
tus compañeros?
-(De
nuevo, unos segundos de silencio. Niega con la cabeza) No.
Definitivamente no. Quiero salir de ese lugar siendo la misma persona
que cuando entré. No voy a convertirme en un monstruo.
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Marta Agramonte dejó la
maleta sobre la cama, emitiendo un gemido de esfuerzo, y deslizó la
cremallera lateral para abrirla. Estaba asustada, más de lo que
habría imaginado. Quizá una parte de ella había esperado que,
antes de desembarcar en la isla, alguien les dijera que todo era un
montaje, que ahí nadie tenía que matar a nadie y que les
entregarían comida cuando las cámaras no estuvieran grabándolos.
Sin embargo, ahora estaba sola en aquel lugar artificial y sórdido y
nadie iba a decirle que el programa se trataba de una gran broma.
Había encontrado una
casa en la parte noroeste de la isla, después de atravesar todo el
bosque. Era un edificio de dos plantas cuyo segundo piso parecía
sostenerse en precario equilibrio sobre el primero, con las ventanas
polvorientas, la pintura desconchada y parte del tejado hundido pero,
comparada con las viviendas que la rodeaban, la mayoría reducidas a
escombros, resultaba acogedora. Se habría cobijado en las escuelas
de no ser porque había visto a uno de los Concursantes, un tipo de
rastas y cara de estar colocado cuyo nombre no recordaba, acercarse a
ellas. Ese tipo no le daba buena espina. Podía ser peligroso.
Cualquiera de los demás podía serlo. Así que había escapado del
colegio abandonado, arrastrando su maleta, sus ruedas rebotando
contra las piedras, hasta llegar a ese nuevo refugio apartado donde
esperaba que nadie le molestara.
El
hombre es un lobo para el hombre.
Una de las frases más manidas de la historia, pero también la más
cierta. Mientras Marta estuviera sola no tendría nada que temer. No
podrían hacerle daño. Y pensó, mientras sacaba la ropa de la
maleta (había conseguido reunir en su equipaje casi todo su
armario), que seguramente muchos de los concursantes querrían
hacerle daño, aprovecharse de ella. Era una chica guapa, delgada y
atractiva, que siempre había logrado llamar la atención sin apenas
pronunciar palabra en las fiestas a las que acudía. Los monstruos de
aquella isla podrían no sólo querer derrotarla, sino tambien
aprovecharse de ella. La idea le produjo un escalofrío. Se pasó
toda la tarde sin poder quitársela de la cabeza, a pesar de que
trató de concentrarse en rebuscar por los cajones y las estanterías
en busca de herramientas que pudieran ser de utilidad. Y, cuando
encontró un cuchillo en uno de los estantes de la cocina y vio el
reflejo de su bonito rostro en la brillante hoja, tuvo la certeza
absoluta de que irían a por ella. Que su muerte no sería rápida.
Que le harían tanto daño y destrozarían su intimidad de tal
manera, ante los ojos de una audiencia hambrienta y excitada, que su
mente se desconectaría mucho antes de que su cuerpo muriera,
convirtiéndose en un vegetal durante los últimos latidos de su
existencia.
Cuando cayó la noche,
pensó en encender velas para mantener a raya a la oscuridad, pero
eso habría indicado su posición al resto de los participantes. Así
que, después de organizar toda su ropa en un cochambroso armario, se
vistió con un camisón negro y unas bragitas blancas y se tumbó en
una cama que chirriaba, con el pelo esparcido a su alrededor como una
almohada castaña. Sujetaba el cuchillo con ambas manos y sus ojos
escrutaban las tinieblas, de donde procedían ruidos, gemidos y
crujidos que le helaban la sangre.
No
llegó a dormirse del todo, pues estaba demasiado asustada como para
conseguirlo, pero cayó en una especie de duermevela confusa donde
fragmentos de sueños se mezclaban en una turbia algarabía. Soñó
con su padrastro, con su mirada y su sonrisa quebrada. Soñó con su
madre y su indiferencia. Soñó con los secretos que escondía su
dormitorio y las lágrimas que había derramado por las noches, y
también con las que había derramado en la cama de Luis,
el único chico al que había amado. Luis, que no había comprendido
todo aquello que laceraba su pasado y que la había considerado una
chiflada. Luis. Luis. Luis. ¿Dónde estás ahora? ¿Me estás
viendo? ¿Has apostado por mí o te cansaste de hacerlo en aquella
cama?
Un ruido, un poco más
fuerte que los demás, le hizo abrir los ojos como platos y sus manos
se cerraron ansiosas en torno al mango del cuchillo. Aguardó unos
segundos, en silencio, rezando para que aquel sonido hubiera sido
producto de sus pesadillas. ¿Qué hora era? Todo parecía un poco
más oscuro. La hora de las brujas había llegado y en la noche sólo
bailaban los demonios. Entonces escuchó el susurro de unos pasos en
el piso inferior y se incorporó, muy despacio. Los muelles de su
cama rechinaron y sonó como si la propia realidad se estuviera
desgarrando. Un escalofrío trepó por su espalda. Quien quiera que
estuviera abajo lo habría oído, estaba segura, aquel chirrido...
-¿Hola? - preguntó una
voz asustada en la planta inferior -. ¿Hay alguien ahí?
Un chico. Era un chico.
Se le hizo un nudo en el estómago y sus ojos hendieron la penumbra
del umbral del dormitorio. Luego buscaron un lugar en el que
esconderse, pero sólo podía arrastrarse debajo de la cama o
encerrarse en el armario; ambos lugares se convertirían en una
ratonera donde quedaría a merced de su verdugo.
-¿Hola? ¿Hay alguien?
No quiero problemas.
Silencio.
-De acuerdo – musitó
el chico.
Los pasos prosiguieron y
pronto escuchó el crujido de los escalones, cada vez más cercano.
También escuchaba los latidos de su corazón enloquecido y su
respiración agitada. Un haz de luz rasgó la oscuridad del pasillo,
trazando arcos horizontales como si buscara algo. Como si la buscara
a ella. Ese cabrón tenía una linterna y, por alguna razón que
Marta no logró descifrar, eso significaba que disfrutaría
matándola. Extendió los brazos hacia delante, trémulas las manos,
apuntando con el cuchillo hacia la entrada de la habitación. Estaba
sudando de puro miedo y la blusa negra se le pegaba a la piel. Fue
consciente de su atuendo. Iban a violarla, oh, Dios mío, iban a
violarla y...
Un fogonazo de luz
irrumpió en el dormitorio, cegándola, y entonces el muchacho bajó
la linterna hacia el suelo y Marta parpadeó, confusa.
-¡Dios mío! Qué susto
me has dado – dijo el muchacho -. Pensaba que no había nadie...
Una oleada de pánico
recorrió todo su cuerpo, como un hormigueo. El intruso era el
Concursante Número Uno, Gabriel Abellán. Recordó claramente lo que
había dicho en su entrevista. ¿Qué te gusta, además del fútbol?,
había preguntado Ray Spakowski. Follar.
-Oye, no hace falta que
me apuntes con ese cuchillo, no voy a hacerte daño – dijo Gabriel,
frotándose nervioso la nuca. Tenía una mancha de sangre seca debajo
de la nariz, seguramente consecuencia del enfrentamiento que había
tenido con Miguel Batanero. Marta lo había presenciado a medio metro
de distancia, la rabia, la ira, el odio en sus miradas. Eran bestias
-. En serio, no quiero...
-Vete.
Gabriel alzó las cejas.
-¿Qué?
-He dicho que te vayas.
Márchate.
-Oye, estoy solo. Ya
sabes que ese hijo de perra de Batanero me la tiene jurada. Y en esta
mierda no se puede sobrevivir si no tienes a nadie – el chico dio
un paso al frente y Marta retrocedió -. En serio, escúchame,
podemos ayudarnos. Ayudarnos, ¿vale? Yo no tengo un sitio donde
dormir. La mayoría de las casas están hecha mierda o ocupadas por
tarados como Miguel... ¿por qué no me dejas descansar aquí? Bajaré
al sofá de abajo si quieres, y a cambio yo te protegeré.
Marta emitió una amarga
carcajada. ¿Quién se pensaba ese chico que era? ¿Un caballero
andante en condiciones de cuidar de una damisela en apuros? ¿Tan
idiota era que no se daba cuenta de la situación en la que se
encontraban?
-¿Protegerme?
-Hay muchos pirados ahí
fuera, y tú eres una chica guapa. Podrían intentar hacerte algo.
Sus ojos se deslizaron
rápidamente por sus muslos desnudos, se detuvieron un instante en
sus braguitas y treparon de nuevo hasta su rostro. Gabriel fingió no
haberla devorado con la mirada y extendió una mano hacia ella.
<<Los pirados
están ahí fuera, sí, pero también hay uno aquí dentro>>.
-¿Qué me dices? ¿Nos
ayudamos?
<<¿Te gusta
follar, Gabriel? ¿Quieres follarme aquí para después matarme y
comer mi carne? Es eso lo que quieres, ¿verdad? ¿Verdad?>>
Marta bajó el cuchillo,
muy despacio, y todo su cuerpo se convulsionó en un ligero temblor.
Bajó las pestañas y una solitaria lágrima se deslizó por su
mejilla. Aquello pareció sorprender a Gabriel.
-Lo... lo siento... -
susurró Marta con la voz astillada -. Siento haber desconfiado...
Tengo tanto miedo, tantísimo miedo, y todo esto es tan peligroso...
-No te preocupes –
Gabriel se acercó a ella, con la linterna apuntando a sus pies -. Yo
también tengo miedo. Todo esto es una mierda. Pero juntos...
Con un grito de rabia y
horror, Marta se lanzó contra Gabriel y descargó el cuchillo con
todas sus fuerzas. La hoja se hundió en el hombro izquierdo del
joven con un sonido como el de una fruta al desgarrarse y su
adversario emitió un alarido que taladró los tímpanos de la chica.
Gabriel retrocedió y el arma salió de su carne con otro
desagradable chasquido; se llevó una mano a la herida y la linterna
cayó al suelo y rodó, iluminando intermitentemente su rostro
contraído por la sorpresa y el odio y la parte superior de su
camiseta blanca, teñida de rojo.
-¡Zorra! - rugió -.
¡Maldita zorra, me has apuñalado!
Marta volvió a lanzarse
contra él dispuesta a clavarle el cuchillo en el corazón, pero erró
por mucho y apenas le arañó el costado. Entonces el Concursante
Número Uno la abofeteó y ella perdió el equilibrio, se golpeó la
espalda contra el borde de la cama y cayó sobre su brazo. Un
latigazo de dolor le subió hasta el cuello. Oyó como ese hijo de
puta la insultaba mientras se acercaba a ella, con los ojos
desorbitados y las manos crispadas. Tenía sangre en el brazo y
también en la cintura, una sangre brillante que parecía artificial.
Todo él podría haber formado parte de una mala película de terror.
-¡Puta! ¡Puta! ¡Voy
a...!
Marta lanzó un tajo a
ciegas contra los pies de Gabriel y el filo del cuchillo rasgó su
pantorrilla. El muchacho gimió de dolor y cayó de rodillas ante
ella, como si la adorase como a una Diosa, y ella volvió a atacarle.
El puñal acertó esta vez en su estómago y la sangre salpicó
contra el suelo. Gabriel volvió a aullar y su bramido se convirtió
en un chillido agudo y casi femenino cuando Marta se impulsó hacia
delante y lo empujó, haciéndole caer al suelo. Puso las rodillas a
ambos lados de sus caderas y levantó el arma por encima de la
cabeza.
-Quieres follarme, ¿eh?
¡Quieres follarme!
Vio algo en la tez
demacrada de su víctima. Era algo más allá del miedo. Era
incertidumbre. Aquel muchacho no entendía nada, pero Marta sabía
que quería violarla. Había algo más. La certeza absoluta de que
iba a morir.
Gabriel
intentó protegerse poniendo las manos delante de su rostro, pero
Marta bajó el cuchillo una vez, y otra, y otra, hasta que aquello se
convirtió en un acto mecánico del que apenas era consciente. Los
gritos del Concursante Número Uno se mezclaban con los suyos
propios; la hoja, que cada vez que subía reflejaba la luz de la
linterna, cercenó sus dedos, le rajó la garganta y la cara y abrió
su pecho. La sangre brotaba a raudales y empapaba las piernas
desnudas de la joven. En un momento dado el metal se quebró, dejando
parte dentro de Gabriel, y aquello hizo que Marta despertara
del extraño estado indescriptible en el que se había sumergido.
Soltó el arma, que
tintineó a un lado, y se cubrió la boca con ambas manos,
apartándose de Gabriel. Aquel desgraciado resollaba y se retorcía a
pesar de que ya tenía que estar muerto. Dios mío, Dios mío, ¿qué
he hecho? Retrocedió, sentada en el suelo, hasta que chocó con la
pata de la cama. ¿Qué he hecho? Lo he matado lo he matado lo he
matado lo he matado...
Pero no estaba muerto.
Con un movimiento lánguido, Gabriel giró sobre sí mismo hasta
quedar boca abajo y, después, empezó a arrastrarse como un reptil
hacia la puerta, sollozando y resoplando. Dejaba tras de sí un
grueso trazo de sangre oscura. La misma sangre que cubría las manos
y la cara de Marta.
Estaba intentando huir.
Y, si huía, se
recuperaría y volvería a por ella. O alertaría a los demás de lo
que Marta le había hecho y todos sabrían que se había convertido
en un monstruo e irían a por ella. La violarían. La quemarían y
utilizarían su carne para alimentarse.
Tanteó con la mano en
las tinieblas y encontró uno de sus zapatos de tacón. Lo sostuvo
ante sus ojos demenciales como si no lograra comprender lo que era
hasta que decidió que le serviría para terminar el trabajo. Luego
se puso en pie, muy despacio, intentando mantenerse serena; al fin y
al cabo, Gabriel no tenía ninguna posibilidad de huir de ella. Lo
alcanzó en apenas dos zancadas, hundió los dedos en su corto
cabello rubio y tiró de su cabeza hacia atrás. Luego le clavó el
tacón en la garganta.
Intentó no escuchar sus
gritos, pero le fue imposible.
¡Parece que el
programa ya se ha cobrado su primera víctima! ¡Y no ha sido otra
que Gabriel Abellán! Una pena que la entrevista haya terminado antes
de poder ver con sus familiares el terrible desenlace del Concursante
Número Uno! El arma utilizada por Marta Agramonte ha sido un zapato
de tacón de aguja con plantilla de cuero, hecho de piel, con un
adorno en forma de flor y suela de fibra sintética de alta calidad.
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